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Dom, May

Y la originalidad, ay… siguió muriendo

Nelson Peñaherrera
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ERP. Sí, lo admito. Una de las cosas más molestas que existe para quienes creamos y compartimos contenido es que de pronto éste aparezca publicado en cualquier otro lado sin alterar ni el error de mecanografiado, sin pedir autorización y sin indicar la fuente. Y uso la primera persona porque también he sido víctima del ‘copia y pega’ por otros colegas con quienes he llegado a reconciliarme, pero que me conocieron en mi modo ogro.

Por Nelson Peñaherrera Castillo

Para comenzar es un insulto a tu trabajo neuronal: mientras tú te la pasaste pensando y repensando y viendo la mejor forma de escribirlo, contarlo o mostrarlo, no se hace justo que venga otro fulano u otra fulana en modo carroñero esperando a ver qué sacas para publicarlo como propio.

Es cierto que el conocimiento no tiene fronteras y debería ser de difusión universal; ahí estamos totalmente de acuerdo. Donde me parece que no hay terreno a negociar es que se obvie la autoría por un mínimo de respeto.

Eso me hace creyente del ‘copyright’ o la indicación explícita de que el contenido, del tipo que sea, está bajo protección legal, y si alguien se la quiere pasar por donde no le entra el sol, eso te da suficiente argumento para pedir una compensación y/o terminar en tribunales exigiendo el resarcimiento. Digo, si te llamas Juan y tienes derecho a un beneficio, no te gustará nadita que yo te usurpe y el beneficio se quede conmigo. Por ahí va el razonamiento.

Claro está que si tu contenido está pensado para ser difundido ampliamente, y lo has indicado expresamente, no aplica todo lo anterior. Total, la idea es que más gente sepa.

Ahora bien, ¿qué motiva a que una persona no active sus neuronas y antes que crear se dedique a plagiar? La holgazanería crónica parece ser una respuesta muy fácil y casi temeraria. Yo diría que esa es la actitud, pero, ¿qué la causa?

¿Qué tal si exploramos los hábitos de lectura? No sé si pasa contigo que disfrutas de la literatura, algún género de no ficción o leer textos largos como nos permiten publicar aquí. ¿Qué sensación tienes cuando terminas tu sesión? Si no es cansancio, a lo mejor te da por escribir.

Y resulta que aquello que redactas, sea en el papel o en el dispositivo que usas, no es una clonación del contenido que previamente disfrutaste, sino que es algo completamente nuevo y original, quizás inspirado en tu experiencia anterior, pero que no se parece en nada a lo leído.

De hecho, podría ser algo que apoye lo que leíste, que no lo apoye, o que simplemente se dispare en otra dirección. Creo que ése es el poder de la lectura, o en todo caso, de la comprensión lectora. darle a tu mente el suficiente criterio para elaborar su propio juicio de valor y poderlo transferir a enunciados que suenan como tú sueles decirlos…o escribirlos.

A eso se llama conciencia crítica. Me parece que es el primer nivel de re-elaboración del conocimiento que ahora es parte de ti.

Si planeas echarle la culpa a la educación, la respuesta es sí; pero si entiendes por educación solo la escolarizada, quizás estés analizando las cosas con cierta cortedad o estés proyectando en terceros una labor que debió comenzar en el propio hogar.

Leía a inicios de la semana pasada otra columna sobre cómo influye la manera en que nos estimulan en el hogar a través de la manera en que se nos habla. Yo agregaría cuáles son los hábitos de las figuras de autoridad que hemos tenido.

Si éstas han cuidado la manera cómo se expresan, o si les hemos visto coger un periódico aunque sea para resolver el crucigrama (excelente ejercicio de comprensión lectora), es muy probable que le agarremos cariño a la lectura y que probemos otras formas de expresión, como el arte.

El trazo que hacemos con una crayola, por ejemplo, no es solo un trazo o garabato, es la forma cómo entendemos nuestro mundo a una edad tan corta. Un poco como la boa abierta y la boa cerrada de “El Principito”. Si creemos que la segunda es un sombrero, es que no le estamos tomando atención a los detalles mínimos y pasamos todo por encimita… y es en esos detalles mínimos donde la riqueza de las cosas se proyecta cual pequeñas hilachas capaces de contar una gran historia si las analizamos en su conjunto.

Entonces, si valoramos esos pequeños trazos, sonidos o movimientos, mostramos interés y promovemos un diálogo con ese pequeño o esa pequeña, ten por seguro que estás formando una mente creativa. Ergo, alguien que gustará resolver incógnitas. Ergo, alguien que querrá compartir lo aprendido. Ergo, alguien que marcará una diferencia por ser original.

Y quien marca una diferencia no hallará placer en copiar y pegar –plagiar—sino en innovar, crear, encontrar un ángulo novedoso, mejorar lo ya existente. De esa gente necesitamos. Esa gente necesita nuestra comunidad, nuestro país y nuestro mundo. Claro que si te parece mucho esfuerzo, no te lamentes en el futuro.

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Diario El Regional de Piura

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