fbpx

¿Centros de prevención o centros de resocialización?

Nelson Peñaherrera
Typography
  • Smaller Small Medium Big Bigger
  • Default Helvetica Segoe Georgia Times

ERP/Nelson Peñaherrera Castillo. Leí y compartí la última columna de Jason Day (“A veces la gente se embrutece”. La República, 3/10/2015) en la que comenta la posible inefectividad de la reforma que eleva las penas para adolescentes infractores, en una medida del gobierno para combatir la inseguridad ciudadana. La base de la reforma es que las organizaciones delictivas usan a menores de edad para quedar impunes.

Según escribe el actor y activista, las penas máximas actuales que contempla la ley peruana son de tres años, y diagnósticos estarían demostrando que a partir del último año, los y las adolescentes en vez de resocializarse, terminan acentuando sus actitudes negativas. Añade que más de la mitad de infractores habrían abandonado la escuela.

Listo, tenemos dos variables sobre las que vale la pena reflexionar: escolaridad y autoría del delito.

Jason insinúa que si uno por cada dos adolescentes infractores dejó de estudiar, entonces los esfuerzos para reducir los niveles de delincuencia a esa edad deberían concentrarse en la escuela. Un abogado especialista en seguridad ciudadana, y funcionario del Consejo Regional de ídem, Keelman Saavedra, cree firmemente que la prevención es mucho más efectiva que la represión. Por lo menos en la década y media que lo conozco, ese ha sido su santo, seña y contraseña.

El fundamento es simple: si convences a un chico o una chica de ganarse el pan con lo mejor de su talento, le das dignidad, respeto y empuje. En ese sentido, esfuerzos como la educación técnica en colegios públicos secundarios es la mejor idea que se le pudo ocurrir al sistema educativo peruano, que debería extenderse a los privados.

Claro que si las condiciones laborales fueran justas, sería el esquema de desarrollo perfecto con enfoque en la persona antes que en el dinero.

Pero no pequemos de ingenuidad. Una cosa es que seas hábil con tu talento, otra es que lo quieras orientar positivamente; por ello, es importante que la escuela sea un sitio donde el maestro y la maestra, antes de gritar alto o querer convertirla en cuartel (mi amigo, el abogado Jhon Gómez se aterró cuando conoció un colegio de Sullana y lo comparó con una cárcel porque estaba lleno de rejas), se convierta en un mentor o una mentora. Si puede ser ‘coach’, mejor.

La reconocida periodista cubana Cristina Saralegui le decía al doctor Misael González, en una entrevista disponible en YouTube, que la mentoría no es otra cosa que enseñar deliberadamente mediante el ejemplo, ya sea de manera presencial o mediante las tecnologías de la información. Por eso exigía que quienes trabajamos en medios no olvidemos que nuestra responsabilidad social es ser consonantes cognitivos; pero que, además, los chicos y las chicas tienen avidez de mentores y mentoras que influyan positivamente.

Sobre lo de ser coach ya son palabras mayores. Un especialista me decía la semana pasada que la idea no es hacerla de consejero, sino desafiar a la propia persona a que encuentre el camino correcto dentro de sí misma, tras entender lo bueno y lo malo que posee. O sea, autoconocimiento objetivo, el paso inicial del autoestima.

Aquí viene la pregunta del millón: ¿están nuestros y nuestras docentes en capacidad de ser mentores y mentoras? ¿Podrían llegar a ser ‘coaches’?

Quiero equivocarme, pero en las convocatorias del magisterio no dicen nada al respecto, solo que les paguen más, lo que me parece justo, pero si la docencia se limita a la preparación de clases, Wikipedia puede suplir la tarea las 24 horas (Cf. La investigación de Fernando Huamán para la Universidad de Piura).

El truco está en hallar ese justo medio, y servir de inspiración a las familias, que es donde en realidad debe formarse cada persona.

Y esto nos lleva a la segunda variable: ¿los y las adolescentes delinquen por iniciativa propia o porque alguien les enseña a vivir de esa manera?

Siguiendo la teoría de los ejemplos, la respuesta salta solita –espero-, y nos conduce siempre a un adulto o una adulta que llega a convencer a un o una menor de edad que vale la pena ganarse la vida ilegalmente. Y, ojo, esto sucede tanto en la vivienda de esteras como en la casa inteligente. Por lo menos, en lo personal, he conocido a ladrones post adolescentes con polo quicksilver original, cuya inspiración ha sido su padre.

¿Adónde quiere acentuarse la ley? ¿en el progenitor? ¡No! En el y la adolescente.

Dicho todo esto, pensemos con lógica: ¿quién tiene más responsabilidad: quien planifica y enseña, o quien ejecuta y se arriesga? De hecho que ambos actúan mal, pero alguien tenía el deber moral de dar cauce positivo a una vida, no de descarriarla.

en resumen, si Jason sugiere que le pongamos énfasis a la escolaridad como manera de bajar el número de adolescentes infractores, me parece apropiado; pero, como lo he comentado varias veces, que vaya con un esfuerzo educativo que no solo se escuche fuerte, sino que sea realmente hermoso tanto en forma como en fondo.

Porque pa’ ‘floro’, cualquiera; pa’ ejemplo, solo la gente de verdad.

(Opina al autor. Síguelo en Twitter como @nelsosullana)

Pristina 255