En un lugar de sullana…

Nelson Peñaherrera
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nelson penaherrera castilloERP/N.Peñaherrera. ¿Qué puedo decir en el Día del Idioma que no haya dicho antes?

Sigo pensando que nuestra prioridad como hispanohablantes es rescatar la pureza de nuestro castellano y retar a todo el mundo a usarlo correctamente.

Vivimos en una de las regiones del mundo donde se ha venido hablando uno de los castellanos más bellos, al que lo hemos ido guardando en el baúl de la abuela por dejarnos avasallar por ciertos vocablos ajenos, afectados y hasta ridículos en nuestro contexto.

Por ejemplo, el platicar tan mexicano, que toda la vida ha sido el charlar, que es la voz más apropiada en el uso general y que ha sido nuestra manera de expresar la acción de sentarse a intercambiar hechos o ideas con una persona o más.

Por cierto, sería interesante para algún o alguna lingüista de mente abierta, determinar por qué, últimamente, la comunidad gay piurana está ‘mexicanizando’ su manera de hablar. ¿Alienación? ¿Lenguaje codificado? A ver, investiguen.

Por si acaso, no quiero decir que en México se hable mal. Lo que digo es que si cada parte del continente tiene su riqueza idiomática propia, ¿por qué despreciarla?

Mientras tanto, ¿cuántos esfuerzos se están realizando en todas las instituciones educativas, desde la cuna hasta las escuelas de post-grado, por exigir el uso adecuado del castellano?

Si los maestros y las maestras andan mismo avión malasio, va a ser bien complicado que puedan ser un referente para la gente que forman, a menos que por allí exista alguien que no se crea todo lo que le dicen y saque sus propias conclusiones, pero que, además, tenga la valentía de sostenerlas.

Claro que un dirigente magisterial discreparía con esto, pero siempre es bueno comenzar por la base para pasar al resto de la edificación, es decir, el resto de materias.

Sé que me quedaré con menos amistades, pero el primer indicador de cultura cuando conozco a alguien es la propiedad en el manejo del idioma tanto hablado como escrito.

Basta un vocablo, una tilde, una letra mal colocada u obviada, para que haga una línea completa de la persona frente a la que estoy.

Es una maldita manía, pero que me pone sobreaviso, y me permite separar entre quien aprendió para sacar el cartón (o jamás se propuso hacerlo) y quien realmente ama lo que hace o se esfuerza por aprender más.

¿Y por qué? Porque la verdadera vocación hace que te perfecciones en aquello que realizas con entusiasmo y energía.

Y todo se revela con una simple palabra.

He aprendido a apreciar mi idioma, ha cuestionarme si lo uso apropiadamente, a entender cómo vive en simbiosis con otros neologismos, a admitir los aportes de cada día, pero con un sentido de la lógica.

Las palabras tienen poder, y si no sabemos usarlo, habrá alguien que se lo apropie para sojuzgarnos, si es que ya lo hizo.

Recuperemos, pues, el control sobre uno de los insumos básicos de nuestra vida: la comunicación.

(sigue al autor en Twitter como @nelsonsullana)

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