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Vie, Feb

Roger Santiváñez: Catacaos como escape y otras memorias de Piura

Miguel Godos Curay
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ERP. Un hato de recuerdos adolescentes deshilvana con la memoria en carne viva Roger Santivañez. La adolescencia y la súbita mudanza del jirón Junín 381 hasta la urbanización Santa Isabel cambió la vida de la aldeana Piura. Bruno de Marzi, el gestor, cambió el paisaje urbano del norte de la ciudad. Por ahí caminamos diariamente para atravesar el aún bosque de añejos algarrobos rumbo a la Universidad de Piura entre dunas y la bucólica expresión del poeta Dolarea…entre algarrobos verdes y arenas blancas.

Por: Miguel Godos Curay

En ocultas ramadas se bebía chicha y clarito. Santa Isabel, la morada del poeta, tenía alma propia. No sólo fue el refugio de terratenientes algodoneros despojados de sus tierras. El impacto en la economía fue severo y letal. Santa Isabel, no era el aglutinado e intenso centro comercial que es hoy. Sus negocios proveían pan recién horneado calientito y algunos granos y verduras para el consumo doméstico familiar. Entre los vecinos destacaban don Alejo Alberdi, don Rafo Vega, los Amico, Cereghino, Sebastiani, Cerro, Albán Ramos, Paco, Mito y María Isabel Tumi vinculados a la literatura y el periodismo.

Inolvidable era el largo itinerario de los micros verdes de la urbanización Piura hasta Santa Isabel. Ida y vuelta recorrían el oeste, este y el norte y sur de la ciudad sin contratiempos. Durante el día movilizaban universitarios hasta Santa Isabel. Personaje inolvidable fue Lulo Cereghino y sus hijas venidas desde Paita doradas por la brisa y la expansiva y ruidosa intimidad de las colleras de la nueva expansión urbana de la ciudad. La década desgrana la adolescencia de Roger, el poeta, habitada de vivencias del rock y alucinados recuerdos de Sangre Verde capítulo musical memorable de Lucho Dávila y Koko Zavala. Encontré Koko en la UDEP y después en la redacción de Correo. Etapa adolescente memorable y deslumbramiento movido por el consumo de marihuana sembrada en los jardines de Santa Isabel sin que las vecinas lo sepan.

Roger recuerda su itinerario en los micros verdes al cine Sol la sala concurrida de los adolescentes. Tiempos de pasión concupiscente sinónimo de lascivia, lujuria, incontinencia apasionada. En Piura, “arrechura” se denomina al apetito desordenado de placer. En los colegios católicos de Piura Salesiano y San Ignacio el pecado advertido estaba en la punta de la lengua. Según los evangelistas Juan y Pablo: la "concupiscencia carnis" (de la carne), la “concupiscencia oculorum" (de los ojos) y "superbia vitae" (soberbia de la vida) son las tres principales fuentes de tentación y pecado en el que pueden resbalar los jóvenes. La experiencia adolescente es la sorpresiva atracción de las piernas por encima de la rodilla. Y la experiencia solitaria de la erección seguida de la masturbación. El doctor Moscol Quiñonez recomendaba deporte en los arenales y ejercicio físico hasta extenuarse para fortalecer músculos y huesos.

Roger poeta recrea un mundo de vivencias inolvidables de una Piura que ya no existe. Tiempo de evocaciones perennes en donde los versos se tornan una filigrana de relatos inolvidables. No olvida el poeta con filial ternura la visita a los pajarines habitantes de los árboles de la fábrica de hielo del jirón Loreto pasando la Bolognesi. Trinos perdurables en el recuerdo y el escenario tornasol del ocaso en plena tarde. Las abuelas piuranas disfrutaban de tarde en tarde de sus pericos y el trino de sus negritos, soñas y luisas. El escenario era esa Piura de dos puentes. El Puente Viejo y el Sánchez Cerro. Gracias a Anne Marie Hocquenghem fue posible solicitar al Museo del Hombre de Berlín las fotografías de la construcción del viejo puente por Hans Hinrich Brüning, copias de las fotos entregó a Isabel Ramos Seminario las que fueron más tarde sustraídas y copiadas por furtivos y pretenciosos coleccionistas que devolvieron copias para quedarse con los originales.

Vargas Llosa recuerda esta Piura pretenciosa recorrida desde la Mangachería hasta la Gallinacera por piajenos y hatos de cabras atravesando los Ejidos de Huan con sus cholitas de hablar cantarín cubiertas con sus sombreros entre las dunas calientes del arenal. Evoca también el escritor que fue en el cine frente a la Plaza de Armas que vio la película Madame Bovary dirigida por Vincente Minnelli y caracterizada por Jennifer Jones. La emoción se mantuvo perdurable hasta la publicación de su ensayo La orgía perpetua. Fue aquí en Piura en donde surgió esa intensa pasión por Madame Bovary de Gustavo Flaubert. Así me lo confesó Vargas Llosa en el salón rectoral de la UNP. Un diálogo sonoro lleno de evocaciones y personajes.

La UNP es la universidad esencial por la que vivió y soñó don Anibal Santivañez Morales genuino forjador de la Alma Mater. Se puso la camiseta de Piura siendo de ancestros huancas todos lo recuerdan con indeleble afecto. Y él soñador empedernido cimentó la universidad y echó raíces en la tierra. Tiempos de recorridos por la avenida Country atravesando el proletario jirón Huallaga de Pachitea en donde eran proverbiales los talleres de carpinteros y hojalateros, siete oficios, expertos en confeccionar trompos. En Zarumilla 239 estaba la imprenta del poeta Alberto Alarcón en donde se editaron inolvidables plaquetas, otros tenían sus talleres de encuadernación para empastar periódicos.La proximidad del mercado le daba vida propia a Pachitea y Pachitea movilizaba los brazos de cargadores y carretilleros del centro de abastos.

Esta Piura que se fue está llena de personajes memoriosos como Carlos Róbles Rázuri, José H. Estrada Morales, Jorge Moscol Urbina -el popular Jemu- , Leoncio Dedios frecuentes concurrentes de las rotondas del Puente Viejo. Mentideros solaces de una Piura que ya no existe. Ahí conversaciones interminables llenas de añoranzas y recuerdos. No está el Malecón Eguiguren desde donde se podía mirar el río y sus orillas pobladas de algarrobos y chilcos.

Memorable aventura resultó la celebración del cumpleaños de Quito Cortés, disfrutando de los vinilos de su hermano Tato, tiempos de relajo con Manolo Arrese, Oswaldo Angulo y Marco Augusto pasajeros a la eternidad del Fiat 600 de Roy en el que con la recaudación de Marco fraguaron la “gran pendejada” de irse a Catacaos a quince minutos de Piura. Atravesaron el campo de algodonales y arrozales: Viduque y Simbilá con los talleres de alfares. A la entrada de Catacaos, en la primera cuadra del pueblo Humberto Requena con sus muros repintados y sublimado afecto por Catacaos. Recorriendo la Cayetano Heredia llegaron al restaurant El Farol del conocido Otto bailarín de flamenco quien pese a no atender este día accedió por no dejar con las trenzas hechas a los venidos desde Piura. En el interín de la cerveza helada Otto los sorprendió con vestido femenino y castañuelas en mano. Sus arrebatos de bailadora gitana los dejaron sin aliento. Entrada la noche retornaron a Piura con destino a La Bombonera. El cumpleaños de Quito con fuga a Catacaos fue una celebración de pendejos.

Con Antonio Ruiz Gómez y Jaime Estrada Neyra en 1973 Roy evoca su primera y última visita al Siete y Medio el prostíbulo al filo de la carretera a Sullana cuyos inicios según la propietaria doña Inés Tirado surgió como una pascana para abreviar la sed de los semanales jugadores del deporte ecuestre de polo. Jinetes con sus caballos. Junto a la cerveza se expendían piqueos de carne seca y tamales en un primer momento. Fue a sugerencia de los asiduos concurrentes que se edificaron cuartitos para el ejercicio del más antiguo y rentable oficio del mundo. Aguateros, un generador eléctrico adquirido a plazos con el aval del Prefecto dieron vida al popular y concurrido lenocinio. Morenas, cholas, blancas y negras ocupaban las habitaciones mostrando sus encantos. Ahí debutaron los gimnastas inexpertos del sexo. En ocasiones especiales los pickup daban vida a un salón de baile y consumo de cerveza helada con hielo de la fábrica de Urteaga cubierto de cáscaras de arroz. Boleros románticos de Los Panchos, Lucho Barrios y Julio Jaramillo eran los preferidos. Rostros repintados, el tono a media luz de los focos cubiertos de rojo celofán contrasta con el morboso deleite de los asiduos concurrentes. El Fiat 600 aguarda a sus pasajeros.

Según la flaca Inés el servicio es discreto. Una alcuza con agua y jabón, el alcohol para la desinfección y rollos interminables de papel higiénico entre las tinieblas de la oscuridad dan vida propia al Siete y Medio. La tarifa varía de acuerdo a las personales y atribuladas exigencias: Polvo con poses, servicio completo, por el chiquito, corneta y variedad de pervertidas sutilezas. Rodeados de taxis, vendedores de jebes, aguateros insomnes y contabilidad de billetes por los polvos brindados dan vida a la economía y a tantos performances. Cada trabajadora inicia sus actividades con una lata de agua. Y la cuida como oro líquido. La que tiene mayor clientela la usa escrupulosamente hasta agotarla. De consumirla toda puede comprar a la que no la usó por un monto elevado que compensa y alivia sus días sin clientela. Junto al Siete y Medio de la flaca Inés está el Siete de Josecito Mendoza ya fallecido. En predios vecinos apareció La Colmena, con moderno local y estricto control de los concurrentes. En la Piura de la Casa Verde la incertidumbre es imposible. Los inesperados flujos migratorios han convertido concurridos hospedajes y hoteles en 18 de Mayo y Bello Horizonte en descomunales burdeles favorecidos por la lenidad de las autoridades, los gobiernos local y regional y la propia PNP. Todos muerden y comen bien. En el recuerdo de Roy permanece indeleble una Piura que ya no existe. Muy cerca a consecuencia de los diluvios e inundaciones surgió la Quebrada de las Monjas. En Piura, sólo en Piura, lo único que cambia de color y sabor es el pecado. El sol se oculta en el tornasol de la tarde. Los recuerdos habitan en la evocación del poeta.

Diario El Regional de Piura
 

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