Tras las huellas de Piura y del Perú: el camino recorrido por Miguel Maticorena Estrada

Miguel Arturo Seminario Ojeda
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velatorio maticorenaERP/M.Seminario. Después que el suplemento Cultural La Semana, del diario El Tiempo de Piura, publicó mi artículo sobre La Fecha de la Fundación de San Miguel, el domingo 23 de febrero, don Miguel Maticorena nos recibió en su domicilio, el 2 de marzo, fue grato encontrarlo leyendo el artículo, que en realidad fue un homenaje al gran historiador que aclaró la fecha de la fundación de San Miguel (hoy San Miguel de Piura), en Tangarará. Para mí y para Luis Ernesto Mendoza Ramírez, presidente de la Asociación Cultural Tallán, estar con Miguel Maticorena Estrada esa tarde, fue un deleite, ya que aún aquejado por su enfermedad, mostraba una lucidez extraordinaria, envidiable, y un manejo de fuentes y de criterios para el análisis, que solo se advierten en las personas llenas de ecuanimidad y cordura.

Don Miguel saboreaba el gusto por la lectura, El Tiempo era uno de sus diarios preferidos, lo había leído desde su niñez, porque esta prestigiosa edición regional, nació antes que el nació una década antes que él. Don Miguel se dio cuenta que el artículo era un reconocimiento a su trabajo, y que Margarita Rosa Vega compartía con los demás la gratitud que  Piura había expresado en el reconocimiento a un trabajo de valía que ponía luz a la fecha de la fundación de San Migue,  tierra de sus mayores. 

Yo he tratado de manera imparable con él, tres décadas con don Miguel. Nos conocimos personalmente en 1984 en la Biblioteca Nacional, en su vieja sede de la avenida Abancay del centro de Lima, el primer año fue mi interlocutor casi a diario, quien no se iba a maravillar de una lumbrera como él, conversábamos personalmente y por teléfono, Piura se le dormía en el alma. Ese año yo cumplía 10 años de mi primer acercamiento a un archivo en
la Legislatura de Córdoba, Argentina, y desde entonces, hace 40 años vivo entre manuscritos e impresos de los siglos XVI al XX, tratando a estos documentos como aprendí de mis maestros Miguel Maticorena y Juan José Vega.

Dominando todas las técnicas de un trabajo hermenéutico, Miguel Maticorena Estrada hacía hablar a los documentos con gran acierto, pues, si
bien, los arqueólogos hacen hablar a las piedras, los historiadores perturban el sueño de los papeles y los hacen hablar, y eso hacía Miguel Maticorena, llegaba hasta el siglo XVI, no solo provisto de una formación académica rigurosa, sino también de una ecuanimidad que le permitió analizar el pasado sin apasionamientos, lo hizo de manera imparcial, sólo buscando la verdad, porque la ciencia está sobre eso, tras la verdad en cualquier rama del conocimiento.

Yo conocí a Miguel Maticorena en la hora oportuna, justo cuando avanzaba en mi investigación sobre Historia de Sullana, y fue él quien terminó de orientar mi pasión como ciencia, a partir del análisis crítico de las fuentes escritas. Si de don Miguel aprendí mucho, fueron dos cosas las que me llamaron
la atención, su paciente trabajo hermenéutico de interpretación de las fuentes después del trabajo heurístico, y la ecuanimidad con la que trataba el pasado, me hacía recordar a César Pacheco Vélez, historiador que al pasado hay que mirarlo tal como fue, y entenderlo como hombres cultos, y no es culto el que sabe más idiomas o se ha graduado en muchas disciplinas, es culto el que sabe que es lo primero y lo último, el que es
ecuánime para hacer juicios, y no repite simplemente lo que Y gracias a Maticorena miro al pasado sin apasionamientos, tratando de entender a los hechos sociales e individuales trascendentes, comprendiendo el contexto temporal y espacial en el que ocurrieron, al pasado se le recrea, no para convertir a los ángeles en demonios y a los demonios en ángeles, al pasado hay que entenderlo tal como fue.

Tardíamente la Municipalidad de Piura pensó en un homenaje, ya era demasiado tarde, y esta ausencia se notó más aún, cuando ningún enviado o
 estuvo presente, y ni siquiera un arreglo floral se destacaba de entre los que llegaron al aula magna el día de tenemos nos acordamos de los vivos cuando están muertos, pese a que ya no escuchan ni sienten la gratitud que se les debió dar cuando estaban vivos.

Después vendrá su nombre a una institución, quizá un busto, o un nombre a un colegio o a una calle, pero antes que eso, el gran hombre de la Historia, que se acaba de ir, ha dejado una huella perdurable en sus cientos de alumnos que constantemente lo visitaban, y estuvieron presentes los dos días de velatorio y en el entierro, yo lo presencié todo, por haber llegado al Aula Magna de la Decana de la universidades de América desde el mediodía hasta la tarde, luego por la noche, y al día siguiente, para despedir al amigo, al maestro que con huellas profundas dejaba la mejor de las marcas que pueden
quedar en los discípulos.

Hasta el cementerio lo acompañamos los tallanes, los sanmarquinos, gente de la Católica, exalumnos sanmiguelinos, familiares y todos los que ese día le dimos el último adiós, ocasión en  que Lorenzo huertas, miembro de número como él, de la Academia Nacional de la Historia, sintetizó lo que valía Miguel Maticorena para la Historia como ciencia. El Perú le debe sus trabajos sobre crónicas del siglo XVI, sobre Cieza de León, y sobre la idea del “Cuerpo nación” de fines del siglo XVIII, entre otros; y Piura, la aclaración fundamentada de la fecha de su fundación como San Miguel en Tangarará, el 15 de agosto de 1532, y el estudio sobre el levantamiento de los chalacos en los años de la Guerra con Chile. Por todo esto, Maticorena ha dejado un lugar entre los piuranos y entre los peruanos, ahora descansa en paz, pero sigue viviendo en el corazón de los que siempre lo tendrán presente.

Pristina 255