Temporada de patos, temporada de conejos: ¡dispara!

Nelson Peñaherrera
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Por: Nelson Peñaherrera Castillo. Como un calendario paralelo, la mayoría sabemos que nuestro tiempo también se mide por temporadas ligadas más que todo al clima y la agricultura. Ahora mismo estamos en plena temporada de mangos, cuyo inicio lo marca la aparición del criollo en octubre, que luego dará paso a esos otros más grandes y de cáscara más colorada que devoraremos en jugosas rodajas luego de pasar un tiempecito en la refrigeradora.

La temporada de calor está por venir: desde fines de diciembre y hasta inicios de mayo, en el peor de los casos. Luego vendrá la temporada de sacar colchas y chompas. Y, claro, también están las temporadas que nacieron como fiestas sublimes y ahora son insensibles campañas comerciales: Navidad, Año Nuevo, San Valentín, regreso al colegio o la universidad, Día de la Madre, Día del Padre, Día del Amigo, Fiestas Patrias, Día de la Primavera, las festividades de Paita y Ayabaca, Criollismo/Halloween.

En fin. Si algo le sobra a Perú son temporadas de algo. Y cuando no hay, ahí las inventamos, y buscamos algún pretexto para darnos al abandono al menos un día, léase descanso y borrachera, aunque luego nos estemos quejando de que la plata no nos alcanza o que este país no crece como debería crecer. Presumo que si redujéramos la cantidad de festividades, verán que aumentamos un punto del producto bruto interno, aunque eso es relativo también.

El sindicato nacional unido e indestructible de la parología, cuya función principal es inventarse días libres diz’que para protestar por algo, y que reúne a todos los sindicatos, organizaciones y personas interesadas en hacer de la improductividad y el sabotaje un estilo de vida, también tiene su temporada: justo octubre y noviembre.

Aunque hagan mil revoltijos, figuras, contorsiones y demás actos circenses (o demasiado histrionismo o demasiada hilaridad), lo cierto es que detrás de la andanada de reivindicaciones hay un fin último: que nos aumenten el sueldo, que nos den más plata, que tengamos (aunque sea en promesa) un extra que nos permita llegar a fin de mes. Sí, suena como que trivializo el reclamo, pero en esencia todo se reduce a “quiero más dinero, aunque el capitalismo me dé alergia”. Sí, también existen esos niveles de disonancia cognitiva organizacional.

No digo que esté mal exigir un incremento remunerativo o algo por el estilo; lo que digo es por qué todas las protestas justo se programan cuando está por cerrarse el Presupuesto General de la República (PGR), cuyo plazo final vence a las veintitrés con cincuenta y nueve del 30 de noviembre. ¿Y acaso no tenían todo el año para negociar los incrementos? ¿No les parece que es casi imposible que todos los pliegos sean atendidos de golpe cuando ya se sabe si habrá o no plata para cubrir todas las cuentas del estado, el año que viene? Y si no hay, ¿cómo inventamos dinero si no lo estamos generando? ¿Algo está fallando en los cabildeos gremiales? Por lo pronto, el razonamiento lógico-matemático sí.

Ahora bien, en el contexto político actual, que no solo es nacional sino sudamericano, hay tres motivos que nos llevan a mirar con pinzas esta avalancha de protestas: primera y más obvia, el PGR que ya señalamos; segunda, el periodo electoral que arrancó el martes 19 de noviembre; tercero, las protestas que se han dado en Ecuador, Chile y Bolivia, y que se dieron el jueves 21 (con conatos violentos que obligaron el toque de queda en tres barrios de Santafé de Bogotá) en Colombia. Entonces, lo que se tiene, viendo las cosas en perspectiva, es que un reclamo que puede ser justo y necesario podría degenerar en un escenario por demás peligroso. Y, como le dije a alguien, cuando tienes un país que reacciona violentamente por cualquier cosa como Perú, el campo ya está abonado.

En los dos primeros casos como que no hay mucho por profundizar: la relación causa-efecto está clara. Si nos falta dinero, hacemos huelga y puede que lo consigamos. Si no tengo votos, hago una huelga y puede que, al menos, me conozcan. Mi problema es la tercera variable.

Los colectiveros peruanos comenzaron una huelga el lunes 18 porque el Ministerio de Transportes y Comunicaciones les está recortando muchas cosas debido a la informalidad con que mayormente trabajan (y aquí otro punto que desafía la lógica: si paralizo mi trabajo, ¿cómo genero dinero?), pero que tuvo su punto máximo cuando confirmó la ilegalidad de las motos lineales como vehículos para hacer taxi (eso ya era ilegal hace años).

Apenas salió eso en las noticias, como era de esperarse, se anunció paro, y el mismo lunes que comenzó la acción de fuerza, un grupo de personas en Puente Piedra, Lima, agarró a pedradas a un ómnibus donde iban mujeres y personas de la tercera edad, haciéndole añicos el parabrisas. De no ser por la acción evasiva del conductor, estaríamos contando heridos. Cuando la prensa entrevistó al dirigente de los colectiveros, se le hizo un trapo la lengua, y terminó justificando la violencia de sus colegas.

El domingo 17, en el programa “Fuentes confiables” de la cadena CNN en Español el panel de invitados había concluido que las protestas violentas en Chile y Bolivia –ojo, la parte violenta, no el reclamo legítimo—parecía estar íntimamente ligada por el estilo: vandalismo puro, cero propuesta, solo violencia expresada en prenderle fuego al primer edificio que apareciera o a la primera persona que intentara detenerlos, como le pasó a las carabineras chilenas.

El mismo estilo en Bolivia, y, tras el audio atribuído a Evo Morales, en el que ordena, en la práctica, matar de hambre a su pueblo, queda claro que el socialismo tiene una agenda evidente: el control de Sudamérica, a como dé lugar. Y como toda protesta violenta que se respete, si no hay muertos, no es “exitosa”. ¿O van a decirme que los fallecidos en Chile, Bolivia o el coche bomba en Colombia son imponderables, al margen de quién los haya causado?

La sospecha del panel en CNN (que mientras en Latinoamérica la ven a la derecha, en Estados Unidos la ven a la izquierda) apunta, como lo sugerí en esta columna mucho antes de que esto se discutiera abiertamente, al chavismo, o castrochavismo como se le llama ahora, y que a juzgar por las últimas movidas políticas, revela cada vez más claro una aparente conexión con el narcotráfico; aunque el narcotráfico tampoco conoce de izquierdas o derechas, ni de centros: mientras el sistema sirva al negocio, y mientras el sistema sea lo suficientemente inflexible como para aumentar las ganancias del trasiego, “se le protege”.
Lo del lunes en Puente Piedra no me parece un hecho aislado; la declaración del dirigente me genera muchas sospechas. ¿qué creo yo? Que la agitación violenta castrochavista (por ponerle un adjetivo) se ha comenzado a infiltrar a Perú (ojo que muchos cárteles apoyados por ese régimen en Venezuela, se están rearmando en nuestro país, y el dato me viene de los propios venezolanos refugiados aquí). Y como ésta es temporada de huelgas, ¡listo!, tenemos el plato servido.

¿Algún dirigente se ha curado en salud sobre el manejo de la violencia en la protesta? No, hasta donde sabemos. Incluso acá en Sullana se están lanzando una suerte de laboratorios sociales para ver si alguien se pliega. No digo que estén ligados con esta infiltración, pero, insisto, en todo este caldeado contexto económico-político-ideológico, no sé si me parece la propuesta más acertada. Veamos quién dice que sí, y no le perdamos el rastro en todo caso, lo que ya es chamba de las autoridades, si es que quieren hacerlo porque también en las últimas semanas han sido una de cal y otra de arena.

No me cansaré de repetir en esta columna, como ya lo hice ciento y pico de veces, que no me parece mal, ni pésimo que la gente proteste. Si algo no funciona o no es justo, tiene que hacerlo, tiene que elevar la voz, llamar la atención y demandar a quien corresponda que resuelva algo, siempre que esté en sus manos resolverlo. Lo que me hace ruido es que como primera opción se recurra a medidas que le friegan la vida a gente que no tiene nada que ver con el asunto como el bloqueo de carreteras, actitudes matonescas, cierre de locales no relacionados, saqueos, y en fin cualquier acto delictivo.

Si tú quieres que la gente se pliegue a tu protesta, convéncela con ideas y de manera creativa (ya, si jalaste el curso de Arte, no es culpa nuestra), y verás que solita la población te secunda. Ahora, si nadie te sigue, revisa tu estrategia y tus propuestas porque puede que para ti signifiquen mucho pero nada para el resto.
Lo que no se puede tolerar es que para decir que la paralización es general, obligues mediante la violencia a que el resto te haga caso. Eso no es respaldo; perdonen, eso se llama terrorismo, medio ‘light’, pero terrorismo, como esas dos veces cuando los mototaxistas paralizaron todo Sullana comportándose de la manera más delincuencial que la historia local conozca, una de ellas en 2007, por si a alguien se le haya olvidado. A mí no.

Insisto, en una sociedad violenta y machista, se sigue con la trasnochada idea de quien pega más fuerte tiene la razón, y no es cierto; es en realidad la parte legalmente más vulnerable y que termina luego afrontando juicios con pena de cárcel (¿o no, Antauro?). Y al final de cuentas, la población por la que se dice luchar termina siendo la más golpeada, especialmente en su economía o en su seguridad.

Entonces, a pensar bien las cosas. Yo creo que hay causas que conquistar; sí, estoy convencido. Pero por encima de los puños y el fuego, creo en el poder de las palabras, el arte y el raciocinio. Si tú no, haz tu protesta solito, pero no me obligues a creer que lo que haces es correcto cuando no lo es.

nelson pc columnista

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