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Dom, Jun

No es mi hermano

Nelson Peñaherrera
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nelson penaherrera castilloERP/N.Peñaherrera. Hace poco fuimos a Piura, para hacer unas gestiones a una oficina privada, donde supuestamente teníamos que firmar unos papeles.

“La próxima vez no tiene que venir con su hermano”, le dijo la chica a la persona que me acompañaba.

“No es mi hermano; es mi hijo”, le repuso mi acompañante.

La chica estaba incrédula.

Plop, dije yo. O estoy envejeciendo muy rápido o mi padre ha logrado detener el tiempo tanto como para no aparentar la brecha de un cuarto de siglo, o poco más, que nos separa.

Recuperado todo el mundo de la sorpresa, me animé a preguntar a la chica si es que la apariencia era un condicionante en la manera cómo su oficina proporcionaba atención al público.

Me explicó que a veces hay gente que luce más maltratada, menos maltratada, pero no me respondió si específicamente su oficina, o ella, valora cómo atender o qué servicio proporcionar en base a la cara del cliente.

El año pasado, el distrito de Piura (uno de los cuatro que conforma el área metro de Piura) logró pasar una ordenanza que prohíbe todo tipo de discriminación en lugares públicos o privados que brinden atención al público.

Valorar a alguien por su apariencia para ofrecerle un servicio es una conducta discriminatoria, aunque no implique discriminación. Entendamos bien la diferencia.

Lo primero es el proceso de selección que hago sobre la base de cualquier criterio subjetivo, sin verificar más allá. Lo segundo es actuar deliberadamente de manera preferencial en base a esa selección subjetiva, y muchas veces lesiva a quien se la inflige.

La primera es solo una impresión; la segunda puede configurar en delito cuando se realiza con dolo.

La primera no reviste implicancia legal, pero da pie a lo segundo que sí la tiene.

Aunque siendo bien estrictos y estrictas, la primera actitud también tiene sus puntos malos porque se basa en el prejuicio o el estereotipo.

Pregunta del millón: ¿cuántas personas tienen que verse sometidas al filtro de la selección subjetiva para recibir tal o cual beneficio, en vez de acudir a algo más universal y democráticamente verificable como el DNI (digo, si no está fraguado)?

Desde el color de la piel, la forma de vestir, el modo de hablar, el lenguaje corporal, la cantidad que se gasta, dónde se vive, qué creencia se tiene o no se tiene, qué música se escucha….

En fin, valores psicográficos que a veces la mercadotecnia usa de manera arbitraria para decir si accedes o no accedes a algo, aún si puedes pagarlo incluso con más holgura que quien parece estar hecho o hecha a la medida del servicio o producto que se ofrece.

Son esas apariencias las que nos llevan a escenarios realmente segregantes, desde negarte un favor hasta no permitirte que unas tu vida a la persona que amas porque no amas como a un grupito le gustaría que ames… aunque después salga a parafrasear cada domingo un escrito de dos mil años que reza: “el amor lo puede todo”.

¿Cuántas conductas discriminatorias ejercemos a diario?

¿Cuántas veces pasamos de la intención a la acción?

¿Cuántas veces discriminamos?

No creo que la chica que nos atendió haya tenido ganas de incurrir en discriminación. En todo caso, por la voz yo, ni por asomo, hubiera sospechado que es madre de dos menores; sin embargo, me lleva a pensar si todo el tiempo anteponemos la apariencia para interactuar entre seres humanos, y nos privamos de la posibilidad de conocer personas realmente maravillosas, que podrían cambiar nuestras vidas.

Como siempre digo, el día que dejemos de valorar la forma para apreciar el fondo (que explica la forma, por cierto), quizás el mundo comenzaría a ser un poquito más justo.

(Opina al autor. Síguelo en Twitter como @nelsonsullana)

 

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