ERP. Desde niño, Manuel Wilfredo Zapata Ávalos aprendió que la devoción también implica sacrificio. Más de una vez recibió severas “tandas” de su padre por escaparse de casa para ir a mirar cómo se levantaba el luto en la calle Comercio durante la Semana Santa. Tenía apenas 10 años cuando comenzó a interesarse por ese oficio que, con el paso del tiempo, se convertiría en su misión de vida.
Nacido el 31 de octubre de 1948, Manuel es hijo de Wilfredo, trabajador de construcción civil, y de doña Zoila, conocida en el barrio por la chicha y los piqueos que ofrecía en su casa, ubicada en la esquina de las calles Real y Chota. A ella la llamaban cariñosamente “La Borrada”.
Con el paso de los años, Manuel se ganó un apodo que lleva con orgullo: el “Pediche”. Así lo llaman sus amigos por su incansable labor de tocar puertas cada año para conseguir todo lo necesario para levantar el luto en honor al Cristo Yacente. Sin vergüenza alguna y con una fe inquebrantable, se traza metas y sale a buscar apoyo.
Ropa, mantos, manteles, un motor, juego de luces, mesa grande, flores y muchos otros implementos pasan por sus manos para dar mayor realce a la solemnidad de la Semana Santa. “No me importa que me digan así, si es para que salga bonita la Semana Santa”, afirma con convicción. Reflexiona que es el Señor quien le da las palabras y le indica qué puertas tocar para alcanzar lo que se propone.
Fueron seis hermanos; hoy solo viven él y una hermana. Cursó únicamente la primaria, donde recuerda con gratitud a su maestro, don Segundo Ñopo, a quien considera un gran formador.
En 1970 ingresó a la Hermandad de Caballeros del Santo Sepulcro, mientras trabajaba en el oficio de su padre. Allí fue aprendiendo de hombres como Juan Bayona Paiva, Ciro Ancajima y Eloy Vílchez todo lo relacionado con el levantamiento del luto, tradición que asumió como un servicio especial al Señor.
Se declara ferviente seguidor de los preceptos de la Iglesia y vive con intensidad cada momento de la Semana Santa. Levantar el luto no es solo una tradición para él, sino una forma concreta de expresar su fe.
En su juventud, durante uno de sus paseos, conoció a quien sería su compañera de vida, doña María Esther Dioses. Con ella formó su hogar y encontró el soporte fundamental de su existencia. A los 17 años, con el deseo de visitar a su hermana, viajó a Lima estando ya comprometido con María Esther. “Ella fue la que me llevó, pues ya conocía la ciudad”, cuenta con una leve sonrisa.
En la capital trabajó en la empresa Moraveco, dedicada a la fabricación de cocinas, refrigeradoras, hornos y otros artefactos eléctricos. Laboró con esfuerzo, incluso realizando sobretiempos. Sin embargo, jamás dejó de cumplir su promesa con su tierra.
Cada año planificaba cuidadosamente sus vacaciones: trabajaba quince días y destinaba el resto para regresar a Catacaos y preparar el luto. Nunca faltó a su palabra. Siempre estaba en la calle Comercio, listo para presentar el más hermoso homenaje al Cristo Yacente.
Padre de dos hijos y abuelo de cinco nietos, viudo desde hace algunos años, Manuel continúa recorriendo las calles de Catacaos tocando puertas para reunir lo necesario para la gloria de la Semana Santa.
Cuando lo vea llegar, no le cierre la puerta. Escúchelo y dígale que sí. Lo que pide no es para él, es para Dios.

