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Un ‘lapo’ fuerte para que no seas violento

Nelson Peñaherrera
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nelson penaherrera castilloERP/N.Peñaherrera. A inicios de este año, unos compañeros publicaron un video donde un hombre maltrataba a una mujer. El material era gráfico en extremo.

Punto adicional: fue compartido desde una cuenta cuya dueña se especializa en desnudo femenino, pero eso es otro asunto.

Tal video generó un debate en nuestro equipo de producción: ¿para concienciar sobre la violencia es necesario mostrarla descarnadamente, aunque haya sido actuada o recreada?

Aún hasta hoy tenemos las tres posiciones: asquea, pero es necesario; sí pero no pero sí pero no; y no, no es la manera.

La tercera posición es la mía.

Ayer, mirábamos con horror cómo unos fundamentalistas, en nombre de lo que no dice su religión, quemaron vivo a un prisionero de guerra. ¿Cómo lo sabemos? Lo hicieron ante cámara.

No sé ustedes, pero incluso cuando hay escenas de gente quemándose en el cine, que es todo un truco que sería largo explicar acá, a mí se me pone la piel de gallina. De solo imaginar lo horrendo que puede ser morir calcinado… creo que no necesito ahondar ahí.

Del mismo modo, me escarapelan las escenas de azotes, aunque sé que son trucadas –digo, en la ficción.

Ahora bien, ¿somos tan primitivamente infantiles que tenemos que recurrir al extremo de mostrar que pasaría para evitar que pase?

¿Mostramos a alguien incinerándose para evitar que juegue o se acerque al fuego? ¿Tenemos que moretearle y sangrarle la espalda a alguien para demostrar la inviabilidad de la tortura física? ¿Tenemos que ir a extremos altisonantes para sensibilizar, al menos, a la persona?

Hace poco escuchábamos el discurso de la congresista Luisa María Cuculiza, justo sobre violencia hacia la mujer. No me lo contaron: estuve en primera fila.

Me dio náuseas.

Si lo que pretendía era apelar a mi racionalidad para convencerme de que no debo maltratar a una mujer, y que merezco una justa pena por hacerlo, recurrir a un lenguaje popularmente violento no era la forma, máxime si hablamos de una congresista, que me merece respeto por el poder al que representa.

Me convencí con la idea de que si vamos a reducir la violencia, tenemos que hacerlo desde el afecto –el cariño, pues-, el reconocer que la otra persona merece el mejor trato que existe, el mismo que yo querría que me dieran.

Sí, las cosas son recíprocas: recibimos lo que damos, exactamente igualito, sin miramientos.

Tengo un amigo que hace unos lindos poemas. A estas alturas, prefiero escucharlo. ¿Por qué? Porque están llenos de afecto.

Redondeando, ¿podemos dar afecto o cariño… si acaso no lo tenemos o no lo recibimos?

(Opina al autor. Síguelo en Twitter como @nelsonsullana)

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