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No, Dios no presentó candidaturas

Nelson Peñaherrera
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ERP. ¿Las últimas elecciones en los Estados Unidos son un mensaje del futuro o del pasado? Aún no lo sé, pero podemos resumirlo así: a pesar del sistema casi logarítmico en el que se acumulan los votos individuales pero terminan pesando los de superestructuras llamadas colegios electorales, el retador obtendría la victoria con una respetable ventaja, pero el perdedor (y que está en el poder actualmente) se resiste a aceptarlo.

Por: Nelson Peñaherrera Castillo

¿Diferencias y semejanzas con los procesos electorales latinoamericanos? Como mencioné, en el intrincado esquema, sí, debido a que los Estados Unidos es, técnicamente, un país conformado por varios pequeños países (incluyendo Puerto Rico que, a la fecha, ama tener la ciudadanía estadounidense pero reniega el control de Washington, DC), por lo que cada jurisdicción territorial es autónoma; pero en el marco de la llamada fiesta electoral, pues no difiere mucho de ésa en la que el matón pasado de tragos quiere armarle bronca hasta a la columna de sonido.

El asunto es por qué el perdedor se resiste a perder. Hablando en términos simples, y por estúpido que parezca, porque simplemente perdió a pesar de tener el sol a la espalda, el viento a favor y su defensa con dos jugadores extra. Mas, ¿perdió votos? No, está perdiendo credibilidad ante ciertos votantes que comenzaron a esgrimir un argumento que a mí me puso los pelos de punta.

Existe una organización activista, con todo su derecho a existir, llamada Latinos por Trump. Como su nombre lo dice, agrupa a todas las personas de raíces hispanas haciendo proselitismo por el aún presidente de los Estados Unidos. Como mencioné, nada de raro hasta ahí pues en todas partes surgen grupos de simpatizantes afines o no al partido de tal o cual candidato para impulsar su campaña desde una plataforma paralela pero congruente, y cuya finalidad es pintártelo como la mejor opción para que tú le des el voto.

donald trump

¿Dónde me comienzan a hacer ruido estos chicos y estas chicas? Uno de los argumentos que utilizaron impulsando a Donald Trump es que él “es el presidente elegido por Dios para gobernar este país”. OK, OK, reconozcamos que tu filiación religiosa puede influir en la decisión que tomes sobre tal o cual candidatura; pero… ¿realmente Dios eligió a Trump para ser el presidente de los Estados Unidos? Hasta donde sabemos, Dios no ha dado declaraciones ni enviado comunicado a los medios confirmando o rechazando tal alegación, y presumo que no lo hará.

No es que Dios no exista; sí, existe. Lo que pasa es que Dios está preocupado por asuntos realmente esenciales en el equilibrio cósmico que, honestamente, estas chambitas de elegir presidente, congresistas, alcaldes y dirigentitos varios nos las deja a los y las mortales para ver si tenemos la capacidad de saber competir y saber ponernos de acuerdo en cómo manejar los destinos del espacio que habitamos. Obviamente, estamos fracasando en la tarea encomendada.
Dicho sea de paso, si lo que dice Latinos por Trump fuese cierto, ¿para qué diantres hacemos elecciones? Sacrifiquemos un cordero, hagamos un altar… o al revés… oremos y esperemos a ver si tenemos respuesta, ¿no? Lleva tu refri por si acaso porque la respuesta se hará esperar.

¿Herejía politiquera?

Como creyente, aunque no practicante, a mí este argumento me saca de cuadro. No me ofende porque he escuchado peores disparates, pero sí me saca de cuadro porque no es un argumento comprobable ni digno.

Es una forma muy burda y reductiva de llegar a la mente de un elector o una electora apelando a algo que se llama experiencias culposas, esas que hemos cometido a lo largo de nuestras vidas, de las que sentimos vergüenza, y por las que si alguien sabe cómo gatillarlas, puede generarnos sentimientos de dolor, ansiedad y arrepentimiento, en el mejor de los casos…

Quien sepa manipularnos a este nivel (en inglés le llaman ‘pusher’ o ‘el que machaca’)siempre usa una vieja figura llamada chantaje emocional, o forzarnos a tomar una decisión apelando a nuestro rango emotivo más humillante (“si no haces esto o no eres esto, entonces ya no tendrás esto otro”).; en el peor de los casos nos puede extorsionar (“si no haces esto para mí, yo hago esto otro contra ti”), y las consecuencias pueden ser hasta mortales.

Ojo que este tipo de argumento político no es una creación estadounidense ni latinoamericana ni propia de los países en los que hay teocracias tanto del presente como del pasado (les recordaré que el estudiado Carlomagno fue declarado rey en su época bajo el mismo cuentazo de “Dios lo quiso”). es más antiguo que Matusalén, y ha sido hábilmente usado para entronizar a ciertas personas que necesitaban generar obediencia inmediata e inobjetable para tener algo que actualmente conocemos como gobernabilidad.

Cuando los romanos descubrieron que los dioses no elegían monarcas y asimilaron los conceptos democráticos griegos, entendieron que la obediencia inmediata era arcaica y que lo que debía trabajarse era algo evolucionado para el tercer siglo antes de Cristo que hoy conocemos como consenso o acuerdo general, y que, cuando fue renacido durante la Ilustración hace tres siglos se le llamó contrato social, término que dura hasta nuestros días.

La gobernabilidad se fundamenta en la suma de tareas de cada integrante de la sociedad porque se ha convencido de que así alcanzaremos bien común. Quien no se suma cae en disenso y puede armar su grupo aparte o puede actuar bajo protesta. Todo es parte de la democracia, joven.

En los tiempos actuales no nos manejamos bajo el concepto de obediencia inmediata; lo ideal sería que nos manejemos bajo consensos, y ahí estamos dando trancos y traspiés a la par, lo que no quiere decir que sea inútil sino que debemos activar nuestra capacidad de ceder. Y en este contexto, ¿dónde entra Dios? Respuesta rápida: Dios entra donde lo dejes entrar, pero como una experiencia personal, no como una imposición colectiva.

Sin duda, puedes pedirle inspiración y consejo, pero eso no quiere decir que todos y todas tengamos que decirte amén. Ése es el fundamento del llamado estado laico, que lo es tanto Perú como los Estados Unidos. Dicho de una manera más dura y firme, tus creencias son tus creencias y ahí nadie tiene derecho a cuestionarte siempre que no sean lesivas al prójimo, pero lo que no podemos ni debemos permitirte es que uses a Dios como objeto –ojo a lo que escribo: objeto—para la manipulación política.

Primero, porque si dices practicar el Cristianismo, te llevas de hachazo el segundo mandamiento (si no lo recuerdas, revisa tu Catecismo); y, segundo, porque te llevas de barrida a quienes no creen en él o no lo creen como tú lo crees, y cuya forma de asumir el tema se merece el mismo respeto que tú exiges.

Dicho sea de paso, y éste es un comentario absolutamente personal y basado en mi experiencia como periodista: cuando veo que una autoridad que en la esfera personal me deja mucho que desear y en sus intervenciones públicas usa a Dios para todo, lo primero que yo sospecho son actos de corrupción. Desde el siglo XIII, el italiano Giovanni Bocaccio nos alertó sobre este aspecto: usar la religión para esconder delitos.

Claro que no aplica a todos los casos, pero si uno usa sentido común, podrá comprobar rápidamente si su sospecha tiene base o no. Sigamos.

La estrategia de los teócratas

¿es probable que se use a Dios en el próximo proceso electoral peruano para conseguir votos hacia determinadas candidaturas? No lo descarto en absoluto. ¿Dónde vamos a ver tales manifestaciones? Revisemos qué hicieron en los Estados Unidos, y que podría servir de ‘inspiración’ para ciertas campañas.

Primero, el argumento es usado por los partidos de derecha o también conocidos como conservadores, en especial los conservadores radicales. Activarán el discurso de defensa a la vida y comenzarán a apelar a esos sentimientos de culpa que hay en muchos y muchas fieles diciéndoles que si no votan por éste o ésta, entonces no serán dignos o dignas de llamarse cristianos o cristianas (chantaje emocional).

Segundo, partiendo de este detallito, y como lo advertí en mi columna anterior, jugarán a la polarización etiquetando a la gente como ángel o demonio según si se deja o no se deja convencer para que vote por tal o cual candidato o candidata. La polarización caerá en sectarismo, el sectarismo en extremismo, y ese extremismo en cierto fascismo que la emprenderá violentamente contra quienes no nos compremos el cuento y lo pongamos en evidencia. Incluso, te harán creer que la violencia se justifica y no es pecado. ¡Cuidado si llegas a caer en esto! Puede que sea o no pecado, pero la agresión es delito y en tribunales sí no te salva nadie.

Tercero, usarán un rostro hermoso para convencerte que el mensaje no solo es legítimo sino purita inspiración divina. En los Estados Unidos, Latinos por Trump parece haber usado como portavoz al ex actor, ex modelo, ex cantante (y a este paso ex figura pública) Eduardo Verástegui, de quien no hay que ser gay para decir que es guapo y en su época tenía unos pectorales que eran la envidia de cualquier fisicoculturista (si no, pregúntale a Jennifer López quien lo contrató para su videoclip “Ain’t no funny”). No digo que Verástegui sea mala persona, ojo; lo que digo es que será usado como objeto –ojo de nuevo con la palabrita: objeto—para convencerte de que el mensaje es redondo… aunque el portavoz no sea nada redondo… físicamente quiero decir.

Cuarto, cuando ya la hipopotamización, perdón, la hipnotización se haya concretado, vendrá la sacada de plata. “Porque Dios lo ha elegido presidente, tienes que darle tu voto; pero como la campaña cuesta, también tienes que darle tu plata”. Aquí pueden aparecer dos tipos de contribuyentes: quienes la den sin condiciones pensando que así tendrán indulgencia plenaria, y los más vivos que la darán no comiéndose el bizcocho pero pidiendo la panadería completa a cambio (extorsión). Y estos segundos, para que no pongan todo el entramado al descubierto, serán nombrados como portavoces adjuntos a la cara bonita del punto tres.
Quinto, los centros de culto se convertirán en centros de coordinación proselitista. Total, si es ‘designio divino’ que el candidato llegue al poder, pues se justifica que el mismo espacio donde se ora sea el mismo espacio donde se haga campaña. Ojo que en Estados Unidos ésto es muy común, y lo han hecho tanto demócratas (los virtuales vencedores) como los republicanos (los virtuales perdedores).

¿Se podrá hacer en Perú? No lo sé, pero no lo descarto; sin embargo, apuesto que ya me lo chismearán y se acordarán de esta columna. ¿Bueno o malo? Pues… lo dejo a tu conciencia como feligrés o feligresa. Las creencias tienen aspectos éticos y morales, así que dejo a tu sentido común evaluar si es o no es permitida esa instrumentalización de personas, espacios y hasta el propio Creador.

Al margen de qué vaya a pasar en las campañas por venir, no solo la de 2021 (si Antauro no da golpe desde la cárcel), una cosa que yo sí tengo clarísima es que Dios no tiene candidatos ni candidatas. No es que Dios me lo haya dicho, pero mi experiencia de fe –bueno, con las particularidades de esa experiencia—me instruye que es improbable, aunque no imposible; pero definitivamente Dios no se merece ser manoseado como argumento político. Demuestra que no tienes programa de gobierno, que no tienes capacidad, y que por último, ni siquiera confías en tus votantes. El infierno está pavimentado de buenas intenciones, dicen.

[Opina en mi cuenta de Twitter @nelsonsullana usando el hashtag #columnaNelson]

Diario El Regional de Piura

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