Apaga la tele; la falla es nuestra

Nelson Peñaherrera
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nelson penaherrera castilloERP/N.Peñaherrera. El otro día me visitó un amigo que es escritor y docente.

Entre varios temas, me preguntó qué pensaba sobre la unión civil entre personas del mismo sexo, y, como lo dije en un comentario previamente publicado por acá, no me parecía improcedente ni inapropiado.

Me recordó los argumentos que circulan respecto a que tal decisión destruiría la familia.

Entonces, comenzamos a preguntarnos si acaso la familia no se ha venido destruyendo mucho antes.

Recordemos cuando se aprobó el divorcio. Esta medida, que no fue inventada en el siglo XX, sino que fue incluída tan antiguamente como el libro del Levítico, es la llave legal que tiene una pareja de esposos para disolver su vínculo, cuando se dan cuenta que ya no va para más.

La Iglesia Católica se opuso tenazmente, basándose en la reforma que hizo Jesucristo a la ley mosaica: "Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre".

El caso es que, como ahora, quienes promovieron la reforma del divorcio argumentaron que el precepto religioso podría ser inviolable en su contexto, pero ellos no lo estaban reformando, sino reformando la ley civil.

Además, si se actuara como abogado del diablo, podría alegarse un vacío formal en la redacción del Testamento: aunque se prohíbe que el hombre separe lo que Dios unió, no se dice nada sobre la mujer, y la prueba escrita pesa más que la posible interpretación del sacerdote.

Si no está escrito, no existe. Sigamos.

A pesar de la oposición de la Iglesia, la reforma del divorcio prosperó y sigue vigente.

Parece que lo mismo sucedería a la unión civil. ¿entonces?

Mi amigo tiene una teoría plausible al respecto: con el divorcio, la Iglesia creyó perder poder, pero ¿poder para qué?

Desde la edad Media, cuando el Catolicismo incrementó su cantidad de fieles, también fue influyendo en las decisiones de los gobiernos, al punto de constituirse en un país: los estados Pontificios, en gran parte de lo que después Garibaldi reunificó como la actual Italia.

Los estados Pontificios se redujeron a lo que ahora conocemos como Ciudad del Vaticano, un enclave autónomo dentro de Roma, la capital italiana.

Conforme muchos estados se declararon laicos, la Iglesia fue perdiendo influencia, pero influencia en la esfera política. Entonces, cabe la pregunta: ¿ésa era su esfera de legítima influencia?

Es un buen tema de debate.

Mas bien lo que sí creo que está destruyendo la familia son las relaciones construidas sobre el desequilibrio de poderes (ejemplo, el machismo), la superficialidad con que padres y madres crían a sus hijos e hijas, o el afán de usar a los artefactos electrodomésticos como nanas, o la incompetencia para planificar cada paso que se da en común.

Podríamos sugerir, en conclusión, que la familia no se destruye por una ley, a priori, sino porque la misma familia no sabe estructurarse como una familia.

Como siempre, buscamos justificantes ajenos para errores propios.

(Sigue al autor en Twitter como @nelsonsullana)

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