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El mal ejemplo de Trump: la democracia bajo amenaza

Nelson Peñaherrera
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ERP. Por lo menos en lo que yo tengo conciencia, los hitos de la historia de los Estados Unidos que lo ponen como protagonista a nivel mundial tienen que ver cuando el año acaba en el número uno. En 1981, el presidente Ronald Reagan recibe un disparo mortal del que se recupera unas semanas después; en 1991, el presidente George H. Bush autoriza el ataque contra Irak que inicia la Guerra del Golfo, la primera televisada en vivo.

Por Nelson Peñaherrera Castillo

Cambiando de siglo y de milenio, en 2001, el presidente George W. Bush tiene que lidiar con el ataque a las Torres Gemelas en Nueva York; en 2011, Barak Obama dirige el operativo que mata a Osama Bin Laden, el autor intelectual de tal atentado; y en 2021, Donald Trump alegadamente dirige un ataque vandálico contra el Capitolio, la sede del Congreso de los Estados Unidos, en la ciudad de Washington.

No sé si pasa con otros países en que hay años cuando particularmente y de manera cíclica, algo tiene que pasar como si se tratase de un maquiavélico destino programado. Por ejemplo, a Perú le parece ir crítico cuando el año acaba en cero y tras un lapso de veinte años: 1980, Sendero Luminoso inicia sus actividades terroristas; 2000: Marcha de los Cuatro Suyos y los subsecuentes ‘vladivideos’ que provocaron la huída de Alberto Fujimori; 2020: las forzadas sucesiones presidenciales interinas y la Gran Marcha Nacional, con las consecuencias que ya conocemos (espero).

Lo que parece tener en común todo es que son momentos en que la tensión político-social o político-económica o la que sea llegan a un punto en que es inminente que Krakatoa vuele por los aires debido a una violenta explosión cuya onda de choque da la vuelta al planeta. Literal. Ahora bien, ¿todo no es más que casualidad y nada se conecta con nada? Pareciera, pero quizás no sea así.

Un fallido autogolpe

Mientras tanto revisemos el capítulo estadounidense. El 3 de noviembre de 2020, unos 170 millones de ciudadanos acudieron a votar por el nuevo presidente de la nación. Con una leve ventaja, el demócrata Joe Biden ganó la contienda sobre el republicano Donald Trump, quien iba a la reelección Haciendo una campaña basada en denuncias anticipadas y concurrentes de supuesto plagio electoral.

Formalmente notificadas, las cortes no solo no hallaron tales irregularidades sino que ni siquiera abrieron los casos porque los escritos no servían ni para papel maché por lo pésimamente formulados. Con decirte que en los alegatos, los abogados de Trump crearon dos estados más a los 50 existentes.

El argumento de Trump era que había obtenido más de 70 millones de votos nominales así que debía existir otros tantos millones más aunque sin concretar dónde. Algo así cuando preguntas dónde fue la última vez que vieron tu celular y te responden “por ahí” con el consabido mohín de nariz. Lo cierto es que Trump y Biden movilizaron tanto electorado que los Estados Unidos quebraron su propio récord teniendo en cuenta que la participación ciudadana en los comicios es voluntaria.

A pesar, Trump fundamentó su campaña y posterior reclamo en esa teoría de conspiración, la que fue rápidamente acogida por grupos minoritarios de tendencia neonazi, y de baja escolaridad, para quienes las personas con poco o nulo tono de blanco somos inferiores, peor si somos latinos, que se organizaron en hordas dispuestas a imponer la voluntad del presidente a la maldita sea.

Como el boto en los Estados Unidos no es nominal sino colegiado, hay un proceso que pasa por una elección universal y directa, como la que estamos acostumbrados a tener acá, que designa un grupo de ciudadanos quienes tendrán que trasladar la voluntad popular a un esquema simplificado llamado colegio electoral, cuyo veredicto es finalmente ratificado por las dos cámaras del Legislativo.

En cada instancia, Biden ganó. Entonces, el miércoles 6 de enero, el Congreso lo que debía hacer era seguir con la formalidad de leer los certificados y concluir en la confirmación del resultado final; pero cuando estaban en ese proceso, una turba de simpatizantes a Trump asaltó la sede del Legislativo y produjo un pandemonio que duró toda esa tarde.

Tras retomar el control del complejo, los senadores y los representantes (diputados) reanudaron la sesión por la noche y terminaron la madrugada del jueves concluyendo lo que ya estaba cantado.

Repite la mentira hasta hacerla verdad

El asalto al Parlamento estadounidense me trae a la memoria cómo manifestantes rodearon en su momento el ídem de Chile, ubicado en Valparaíso, y hace poco, el de Guatemala. Tras la Gran Marcha Nacional, mucha gente sigue rodeando al Congreso peruano en Lima, y en algún instante se pensó que la multitud lo iba a tomar por asalto, y lo mismo se pensó cuando el anterior Congreso desconoció a Martín Vizcarra como presidente una vez que lo disolvió. Menos mal, los peruanos no nos comportamos como salvajes y la presencia de la gente más bien tuvo un efecto disuasivo.

Como verás, tenemos gente, demanda social y edificio del Legislativo en todos los casos. ¿Quién imitó a quién? O, rozando otra teoría de conspiración, ¿realmente todos estos movimientos son casuales? Lo particular es que este recurso ha sido empleado tanto por quienes simpatizan con la derecha o la izquierda, y pareciera que la teoría pierde fuerza hasta que revisamos los discursos y métodos, y caemos en cuenta que son la derecha radical y la izquierda radical; entonces, son los extremismos que se decantan en las salidas violentas.

¿Insinúo alguna coordinación? No, no creo que lleguemos a tanto pero tampoco lo descarto. La explicación podría ser más simple si lo enfocamos desde la información, mejor dicho la desinformación, con que se alimentan estos grupos que no solo muestran su descontento sino que se sienten legalmente habilitados para hacer justicia con sus propias manos pero no porque la procesen individualmente sino por un fanatismo al caudillo que los ciega al punto de actuar en modo automático.

Como te lo conté alguna vez hace ya varios añitos mediante esta columna, antes que estallara la II Guerra Mundial en 1939, el dictador alemán Adolf Hitler y su experto en propaganda (y ministro ‘de la ilustración) Joseph Goebbels entendieron que los medios de comunicación –en ese entonces el cine de celuloide y la radio de onda corta—eran los vehículos más eficaces y eficientes para diseminar mensajes.

El problema con este par de pillos fue que no usaron esos medios para ajustarse a la realidad sino para crear un universo paralelo en el que difundían sus teorías supremacistas y explicaban las cosas a su modo.

Este capítulo de la historia de las comunicaciones es apasionante y con gusto puedo contártelo y analizártelo en algún seminario o taller por tu plataforma favorita, pero para saltar a la conclusión, ambos dejaron sentada la base de que si dices una mentira con la convicción de una verdad, y ay gente sometida a ciertos aspectos críticos como la desesperación, el miedo o la pobreza, y peor aún la falta de educación, y eres hábil en algo llamado psicografía, lo siguiente que harás será lavarles el cerebro (hoy llamado neuroprogramación perniciosa) y tener tu propio ejército global de zombies casi a costo cero.

Y conforme los medios han ido evolucionando tecnológicamente desde el éter primigenio hasta las redes wifi, los totalitarismos se han inspirado en el mal ejemplo de la dupla Hitler-Goebbels para aferrarse del poder desplegando sus recursos absolutistas a mano y manipulando la mente de las personas para forzar una legitimidad que les permita usar el viejo argumento engañoso de que “no es mi voluntad individual sino lo que me pide la gente”.

No es un “Made in America”

Sobre la evidencia regada por Donald Trump en esos medios, no solo ha imitado la agenda del nazismo sino que ha buscado la manera de reflotarlo como una forma de perpetuarse apelando al orgullo nacional. Entonces, la gente pierde el respeto a las instituciones, piensa que la realidad es ficción y que la ficción es realidad, son fácilmente manipulables, y, si tienen sus cobres, son más generosos que cualquier cajero automático con la tarjeta robada.

Afortunadamente la gran parte de los medios estadounidenses y aún de los internacionales no están bajo el control de Trump, si no otra historia estaríamos contando a estas alturas del partido. Por eso los fustigaba tanto acusándolos de hacer lo que él hace en realidad: diseminar noticias falsas. Y al menos en lo que voy encontrando en mis propias redes, gente que no vota por Trump porque no vive ni vota en los Estados Unidos se está comenzando a creer su discurso.

Los intentos del Congreso, mejor dicho el lado demócrata del Congreso estadounidense para inhabilitar a Trump de la vida política no garantizan que esta persona azuze a todos sus simpatizantes para continuar petardeando la democracia. Y aunque Facebook, Instagram y Twitter ya lo sacaron de circulación, tampoco nada descarta que busque o invente maneras de seguir lanzando su propaganda.

Ahora bien, toda esta realidad no es lejana a la peruana. Nos toca directamente porque ya hemos tenido la experiencia del mal perdedor, más bien la mala perdedora, en 2016, quien también se tramó su universo paralelo para decirnos lo que nunca pasó: que había ganado las elecciones y que todos los métodos eran válidos para llegar al poder aunque el electorado no le hubiese dado mayoría.

Y en los últimos meses hemos asistido al mismo exacto método de apropiarse del poder sobre el que el electorado ni siquiera concedió un voto, pero desde la otra orilla. Nuevamente, hemos parecido una ciudadanía sitiada por los fanatismos políticos extremistas hasta que nos pusimos de pie y le pusimos los puntos sobre las íes. No les hemos derrotado, solo les hemos ahuyentado; pero se están reagrupando y ya han dado sus primeros zarpazos en las carreteras.

Y están usando el mismo método nazi para apelar a los lados enfermizos de la mente humana y conseguir respaldo; luego, digitarla para actuar según la voluntad de la cúpula llegando a la violencia si fuese posible en caso el escenario fuese impropio.

Estamos en periodo electoral, y éste es un momento crítico cuando esos mismos métodos van a ser usados para conseguir votos. No podemos quedarnos pasivamente a ver cómo cobra fuerza asumiendo que no nos incumbe. Desde que se trata de decisiones que afectan a millones de personas sí nos incumbe y mucho.

Veamos lo de Estados Unidos como un gran pizarrón de lo que pasó y podría pasar de nuevo si le concedemos terreno a los extremismos, los que libran su propia guerra aparte: transformar al Perú en una teocracia fascista u otra dictadura socialista. Y nuestro país no es nada de eso. Somos una democracia representativa de base presidencialista, y eso es lo que tenemos que defender. Y por supuesto, tener todo el cuidado respecto a quién será nuestra opción para preservar y potenciar nuestro sistema de gobierno.

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Diario El Regional de Piura

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