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El ‘corralito’ de la psicóloga fantasma

Nelson Peñaherrera
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nelson penaherrera castilloERP/N.Peñaherrera. El jueves por la noche, cuando la esposa del cocinero desaparecido en las alturas de Yanta (Ayabaca) terminaba de dar una entrevista, recibió una llamada en su teléfono.

Tras colgar, le dijo al reportero que se trataba de “una psicóloga” que le pedía no dar entrevistas a la prensa. Demasiado tarde. Acababa de dar una a un medio nacional, del que el reportero es corresponsal en Chulucanas.

El colega me lo comentó como un hecho raro, como raras son las circunstancias que rodean la desaparición de los cuatro empleados de la minera Río Blanco que, se supone, estaban realizando levantamiento topográfico en la frontera de Ayabaca, Huancabamba y Ecuador, pero que terminaron apareciendo algunas decenas de kilómetros más al norte, en el páramo ayabaquino del Cerro Negro, célebre por ser uno de los escondites del guerrillero Chanta Granda.

Solo uno sobrevivió, dos fueron hallados muertos (la comunicadora social y un topógrafo), y al inicio del viernes, uno seguía desaparecido.

Sobre las causas y los hechos, el Ministerio Público –que ya anunció apertura de investigación- y el periodismo –que ya viene cruzando información hace dos semanas- tendrán mucho hilo para desmadejar, pero, en el caso de los familiares, será un proceso de luto muy fuerte y que tendremos que respetar, tanto quienes andamos hambrientos de primicias como quienes están visiblemente preocupados porque ninguna se escape más allá.

A inicios de este año, me tocó conocer directamente el choque de perder a un ser querido, en el pellejo de uno de mis compañeros de equipo, y es difícil no conmoverse con la angustia. Precisamente, mi compañero me llamó la noche del jueves y me preguntó sobre lo que sabía de la historia de los desaparecidos, no en tono curioso, sino evidentemente tocado en su corazón, identificado por completo con el sentimiento de la familia de las personas halladas muertas.

Aquella vez se nos aconsejó que dejemos que los deudos procesaran la pérdida de la forma como les pareciera más adecuada. Nuestro trabajo como sus compañeros era solo el de acompañar, de comprender, pero no el de interferir con sus emociones, sus maneras de exteriorizar lo que por dentro sentían, ni de juzgar la manera en que todo ese mundo se enunciaba ante el misterio que nos sigue resultando la muerte.

En lo personal, sí procuré tomarme un momento en el fragor de la cobertura para meditar sobre este tipo de pérdida, y ha sido difícil evitar el sentimiento de pena y solidaridad. Son vidas humanas, que nunca conocí, pero cuya dignidad es inobjetable, y por lo mismo, su historia debe ser contada.

La psicóloga desconocida, si es que es psicóloga en serio, debería saberlo. Lo digo porque en otro momento cuando las familias de los desaparecidos comenzaron a cuestionarlo todo y a contar historias que eran claves para armar el rompecabezas, apareció cual fantasma para pedir silencio, para “no revivir el hecho”.

¿En serio? Por salud… ¿de Río Blanco, quizás?

Si cada familiar desea decir o dejar de decir, debería ser problema de cada familiar. La empresa debe responder por lo que le corresponda ante la ley, tal como lo anunció a los medios la tarde del jueves; pero pretender controlarlo todo, si es que esa es la intención, no es su competencia. Mas bien resulta raro.

El caso de los cuatro desaparecidos en las alturas de Ayabaca (3500 metros) no ha acabado con la recuperación de los cuerpos. Recién comienza una etapa que será dolorosa pero necesaria, y hasta terapéutica: explicarlo todo.

Por lo pronto, ciertas personas ya comenzaron a lavarse la cara en medios nacionales. Están en su derecho. En todo caso, que la verdad se imponga, aunque nos duela.

(Opina al autor. Síguelo en Twitter como @nelsonsullana)

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