El círculo que mata

Nelson Peñaherrera
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nelson penaherrera castilloERP/N.Peñaherrera. El caso de la joven presuntamente maltratada por Luis Ángel Piscoya Pérez en un hotel de 26 de Octubre, en el área metro de Piura, nos debe indignar no tanto por la brutalidad –ese debería ser un señor agravante- sino por la agresión en sí misma.

Una máxima que nunca debemos quitarnos de la cabeza, y que mi compañero Marco Paulini ha repetido durante las sesiones de Un Billón de Pie es que “no hay agresión grande ni pequeña; agresión es agresión siempre”.

La variable en el caso 26 de Octubre podría ser la reincidencia de la agresión, que fue denunciada a la Policía.

Ante la lente machista podría sonar a ´costumbre’; ante una lente sana esto debería sumar contra el agresor pues estamos delante de un típico círculo de la violencia.

Se denomina así al proceso repetitivo en el que la persona que agrede comienza con dardos psicológicos, luego pasa a los atentados físicos y comienza a incrementarles su intensidad hasta ver que ya hay un daño evidente; entonces la actitud cambia a una ternura inusitada o actitud de perdón que amansa las aguas… hasta que la escalada de agresión se repite seguida de otro periodo de arrepentimiento, y perdón y arrepentimiento, y perdón y arrepentimiento, y así hasta que la persona agredida rompe el círculo o muere.

En la mayor parte de casos, la muerte es la consecuencia final.

Muy pocas personas rompen ese círculo pues, como lo explicó el psiquiatra Julio Castro, la relación llena de agresividad se vuelve una simbiosis, donde quien agrede ‘necesita’ agredir y quien padece la agresión ‘necesita’ que le agredan porque asumen que eso es “normal”.

La agresividad es una conducta que podemos afianzar o desterrar a lo largo de nuestras vidas conforme nos hayan criado desde la infancia. Sí, tanto quien agrede como quien padece agresión tuvieron a la familia como gran maestra de que insultos, golpes y hasta violaciones sexuales eran moneda corriente.

Por el contrario, si el diálogo, el buen trato, el cariño de verdad y el establecimiento de reglas, normas y límites aplicados con equidad fue el pan nuestro de cada día, es bien complicado que una persona degenere en violencia o actúe con violencia. A eso se llama el círculo del afecto, donde la consecuencia es el respeto y la defensa de la vida, no porque me lo dicen, sino porque me lo creo de verdad.

Sí es posible migrar del círculo de la violencia al círculo del afecto; pero, como lo dije antes, requiere que la persona tenga la valentía de poner un alto y trabajar con firmeza en su curación y rehabilitación.

Aunque la decisión es individual, no quiere decir que el problema también lo sea. Desde que nuestra conducta es aprendida de quienes nos rodearon (o nos rodean), la violencia en general (especialmente la basada en género) es un problema social.

Por lo mismo, la reducción de la violencia venga de donde venga debe ser una política integral de estado. Como dijo un especialista en una radio nacional, nos sale más barato prevenir mediante la educación a todo nivel, que curando, y en el caso del Perú éste es un punto crítico.

Explicaba este especialista que nuevamente nuestra pirámide poblacional es mayoritariamente joven, lo que podría impulsar el crecimiento del país; pero, si es un flujo demográfico con enfermedad física y mental, resultará más caro curarlo y rehabilitarlo que convertirlo en motor del desarrollo.

Entonces, a nivel macro y a nivel micro, la violencia es una inversión a pérdida; sin embargo, para que la desterremos primero tenemos que reconocer que ella nos contamina de alguna forma. De este modo, será más sencillo que esa curación y esa rehabilitación sean efectivas.

Por enésima vez, rompamos el círculo de la violencia y apostemos al círculo del afecto. Y quien no quiera dar el salto, que se atenga a las consecuencias legales y morales; por ejemplo, si se prueba que Piscoya es un agresor reincidente, nada monada, que se le sancione con toda la dureza que la ley permite. Y si no lo es, que se presente ante las autoridades y luche (pacíficamente) por su inocencia.

(Opina al autor. Síguelo en Twitter como @nelsonsullana)

Pristina 255

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