Heroísmo antiviolencia

Nelson Peñaherrera
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ERP/Nelson Peñaherrera Castillo. Ayer di una charla a estudiantes promocionales en Sullana. Por eso pedí que se aplicara un sondeo simple a quienes serían mi público. La pregunta fue: “¿Quién es tu héroe/heroína?”. Revisemos las respuestas de una sección: mi mamá (9), Dios (8), mi papá (6), mis padres (5), no tengo (3), mi familia (2). Ahora la otra sección: mi papá (12), mi mamá (9), Dios (6), mis padres (5), mis abuelos (2).

Las cifras son absolutas y se aplicaron a todo el universo estudiantil que estuvo presente por lo que no hay margen de error y su nivel de confianza es del ciento por ciento, digo, viéndola a vuelo de pájaro.

Los resultados son más que elocuentes. Para chicos y chicas que están dejando la secundaria, son sus padres y madres quienes tienen ese estatus de héroe o heroína; y aún más, tenemos a la familia como siguiente red de rescate, sin deleznar que Dios obtuvo una docena de votos (esteeee, el colegio es católico).

¿Dónde están Grau, Bastidas, Bolognesi (cuyo monumento está por ahí), Parado de Bellido, Rázuri o la Sáenz? Pues, no hay que ser pedagogo ni experto en milicia para notar que sus figuras se ven, generan titulares, propician marchas y concursos… pero no calan.

¿Y por qué no tocan las fibras del espíritu adolescente? Quizás, como les decía en mi charla, se debe a esa sensación de lejanía rayando en la irrealidad, que –aparentemente- no dice nada a esta futura ciudadanía.

Claro que si nos ponemos a desmenuzar las respuestas, y eso lo dejo de tarea a quien quiera seguirla, habría que investigar si la admiración heróica por padres, madres y familiares se basa en la formación que le dan o las cosas que le proveen a los y las adolescentes, porque no es lo mismo educar que dar.

De cualquier modo, las cifras nos dicen que el primer lugar donde aprendemos valores es la casa. No la escuela, no la calle, no las amistades, no la farándula. Entonces, la pregunta del billón (de pie, je) es qué tipo de valores estamos aprendiendo en nuestros hogares paternos/maternos, o donde nos estamos criando. ¿Valores discursivos que se desvanecen con ejemplos negativos? ¿Acciones concretas que dicen más que las palabras? ¿Nada de nada, total para eso está el colegio y la televisión o el cine (con una vergonzosa producción local) o la Internet… por último?

Aunque no digo que sea el caso de este colegio en particular, ¿es el hogar donde también aprendemos a relacionarnos con violencia o sin ella? Digo, de nuevo ve líneas arriba y mira las cifras. Si sondearas en tu escuela, ¿encontrarías resultados parecidos?

Desde el modo de interactuar con otra persona hasta la manera cómo nos enfrentamos a la vida, la base es el hogar.

Si el trabajo está mal hecho, y no hay una intervención correctiva oportuna, indefectiblemente repetiremos en algún momento de nuestras vidas lo malo que aprendimos; si se hizo un buen trabajo, lo lógico es el escenario opuesto. No es el destino, sino una simple relación de causa y efecto: si controlas los orígenes, podrás disfrutar las consecuencias.

Por lo tanto, si tu hogar es violento, aquí y ahora tienes una oportunidad para cambiar el rumbo de las cosas. Si tu hogar no es violento, revisar la forma de eludir la sombra.

Y es que, como toda conducta humana, la agresividad, el machismo, el afán de dominación, la soberbia… en fin, los antivalores que nos plagan ahora, pueden ser ‘desaprendidos’ para dar paso a una nueva gama de conductas constructivas basadas en la democracia, la equidad, el afecto y el respeto.

Sí es posible. Solo está en que nos lo propongamos.

De ese modo, fechas como la del Día de la Lucha contra la Violencia hacia la Mujer, que observamos hoy, dejará de ser otro 25 de noviembre más, y será el día en que decidimos convertirnos en héroes y heroínas reales que construyen paz renunciando a todo lo que se le oponga.

¿Podemos hacerlo?

(Opina al autor. Síguelo en Twitter como @nelsonsullana)

Pristina 255