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Triunfo eventual con disonancia cognitiva evidente

Nelson Peñaherrera
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ERP. Cuando trabajas con feministas, sean varones o mujeres, y especialmente si son mujeres, una de las primeras cosas que aprendes es a diferenciar entre los negociables y los no-negociables, y básicamente la mayor parte son no-negociables: realización personal, realización profesional, ejercicio de la sexualidad, y, quizás, el no-negociable de todos los no negociables, rechazo a la violencia sea del tipo que sea y venga de donde venga.

Por: Nelson Peñaherrera Castillo

Para diferenciarlo en términos sencillos, se le llama negociable a esa decisión o determinación personal que podría esperar un poco y no altera profundamente nuestro destino y nuestras relaciones con los entornos familiar, laboral, político o social por extensión; los no-negociables son aquellas cosas que se convierten en prioridades de vida o muerte –literalmente—al punto que exigen una acción inmediata y drástica.

Todos aquellos no-negociables son mayormente parte del programa doctrinal de los movimientos de izquierda, el espacio político donde, entre otros, el feminismo y la diversidad sexual se promueven y respetan en un espectro que va desde la aceptación natural hasta el activismo dogmático, y pobre de ti si incluso creyendo en ambos conceptos intentas relativizarlos siquiera medio pelito ante alguien que está en el lado activista dogmático porque te cae un sermón (laicista) de las tres horas con la consiguiente censura de cualquier espacio que promuevan o integren.

En esos casos, si lo que deseas es ahorrarte más estrés, solo dales la razón y no les hagas caso. Objetar equivale a apagar el fuego con gasolina, lo que nos recuerda que cuando te chocas con alguien fanatizado o fanatizada, es imposible razonar, negociar y, peor aún, quedar en términos amigables, aunque intrínsecamente estés en total acuerdo. No es conformismo; es salud mental… la tuya, quiero decir.

No digo que el feminismo, el lenguaje inclusivo o la diversidad sexual sean algo pernicioso, malo, dañino; al contrario, en la medida en que rasemos el piso y nadie se crea mejor que nadie por nada en particular, pienso que construimos mejores sociedades.

Pero cuando ese lado radical cede ante un solo desdén de uno de sus líderes políticos y comienza a hacerle campaña por la pura oposición a la oferta de derecha que, a las claras piensa que el feminismo, el lenguaje inclusivo o la diversidad sexual son pecado-pecado-pecado, entonces tu idílico paisaje rembrandtiano, quizás vangoghesco o gauginesco, termina siendo un lienzo que pasa de Picasso a Mondrián (cuando bien pudo quedar en un onírico Dalí). Entonces, ya no entiendes ni michi.

Si eres alguien con convicciones maleables, es probable que este detalle pase desapercibido y se transforme en un negociable. Total, puede que tu zona cómoda esté a donde va Vicente, o sea, a donde va toda la gente. Pero, cuando tus convicciones son firmes, tus dos escenarios son simples: pensar que todo el rollo que te echó este sector activista dogmático era puro cuento (quizás para financiar una ONG), o que los niveles de odio político a la derecha son tales que tienen el mismo sentimiento que perro a gato, y al diablo con la letra chiquita del contrato.

En la reciente campaña electoral por la segunda vuelta peruana he notado esto. Activistas a quienes he respetado, y subrayo el tiempo presente perfecto, por esa pasión que nos transmitieron en luchas como la eliminación de la violencia de género, la incorporación de los crímenes de odio en el Código Penal, o la aprobación del matrimonio igualitario (estos dos últimos puntos, aún pendientes de obtener), estando o no a favor, de pronto parecieron claudicarlo todo y encaminar tal convicción a defender a un caudillo que, en esencia les dijo en varios discursos que su filosofía era irrelevante, que no iba a respetarla y que son una tira de ridículos y ridículas.

Por supuesto que no lo dijo en esas palabras exactas, pero sí es un hecho que Pedro Castillo eludió decir si va a mantener el enfoque de género en el ordenamiento peruano comenzando por la currícula escolar (en varios momentos dijo que no), aunque en un mitin se burló al caer en el mismo tópico que la derecha radical, ése que dice que lo que buscaría es feminizar a los niños, confundirlos respecto a su sexualidad, naturalizar si acaso un niño se asume como una niña.

Pero esos y esas feministas del lado activista dogmático no se pararon enfrente del candidato, no le cantaron sus cuatro frescas, no le dijeron con todas sus letras misógino, homofóbico o transfóbico (como acertadamente lo hicieron en casos similares previos). No. Primero le hicieron firmar un papel (gentileza de Verónica Mendoza) diciendo que ya, pe, por ahí lo considere, y luego en redes minimizaron las declaraciones alegando que en la derecha hubo 73 fujimoristas –que sí los hubo—que no les dejaron ser.

Acto seguido, descalificaron a toda aquella persona, incluso quienes confiaron por décadas en esas convicciones, si acaso osaban cuestionarles un poquito. Ni siquiera un voto en blanco. Bueno, voto viciado ya era mucho pedir. No: igualito, marquen el lápiz. ¿Pero y el enfoque de gén…? ¡No contradigas, caracho! ¡Marca el lápiz, te he dicho!

Lo conversaba con un amigo con quien he promovido y sigo promoviendo la inclusión de las personas sin importar sus disonancias cognitivas (los derechos humanos son universales, no de la mitad que sí votó a favor), y seguimos tratando de hallar una explicación lógica al asunto para no ir de frente al estudio patológico forense. Sin embargo, el hecho de que un activista abiertamente transgénero validara en redes sociales a Pedro Castillo a pesar de su declaración transfóbica solo puede explicarse por un síndrome que estoy bautizando como el de Tom de Finlandia.

Para no ser tan gráfico, porque sé que esta columna incluso se lee a voz alta en horario de protección al menor, alude a los dibujos homoeróticos de un artista europeo en los que resaltó el prototipo físico del ‘macho’, lo que algunos círculos feministas critican de entrada, y en el que incluso aparecen personajes ataviados con uniformes militares con evidente diseño nazi, la contracción de nacionalismo-socialismo. ¿Te suena?

Adolf Hitler, en su mente desquiciada, no solo promovió la teoría de la supremacía blanca sino la del ‘supersoldado’. Para no extenderme mucho, trae a tu mente la caricatura del Capitán América o la de Thor, y de esos biotipos estamos hablando. Claro que con Hitler la cosa iba tan en serio que hasta impulsó la ingeniería genética para lograr su cometido. Ni en Esparta se habían cometido tantos crímenes en nombre de la invulnerabilidad y la eterna juventud.

Tom de Finlandia no fue claro por qué usó referencias nazi en su arte (algunos dicen que para burlarse de Hitler, quien aborrecía a muerte de los gays y todo lo que se le pareciera), y por último sus curadores y simpatizantes dijeron que bah, que no es para tanto; además, es arte como cualquier otro tipo de arte, y que nadie objeta los trazos de Van Gogh a pesar de su esquizofrenia, ¿o sí? Y entonces, se empiezan a validar esos antivalores poco a poco hasta que en el inconsciente colectivo ser blanco, rubio, fornido y “macho” es el non-plus-ultra de la masculinidad.

Si a eso le agregas hablar en tonos altamente graves, lacónicamente, y dirigirte al resto a gritos, lo que en los mismos círculos se llama violencia psicológica, bueno, cumple con ese ideal que termina construyendo relaciones de poder en la que las agresiones se validan considerándolas como ‘actos de amor’ de la parte más fuerte (o aparentemente fuerte) sobre la más débil.

De acuerdo, Pedro Castillo no es un hipertrofiado muscular ni nada que se le parezca (aunque habla a gritos cuando se dirige a las multitudes), pero semeja responder desde el punto de vista psicológico y sociológico a esa idealización que reprogramó los circuitos de ese sector que, repito, bajo otras circunstancias le habría armado tal plantón que representaría una pérdida considerable de votos. Pero no fue así. Claudicaron. El resto es historia.

Dicen que estaban castigando al fujimorismo con una dosis de su propia medicina y que no se trata de odio (Dios mío, sí amerita la explicación patológica), ¿pero qué les garantiza que Castillo respete su agenda el día que le quieran levantar la bandera rosada o peor la arcoiris? El fujimorismo va a reírse en su cara, les recordará este episodio, les dirá que fueron dogmáticamente inconsistentes con sus ideales. Y todo seguirá siendo ese círculo vicioso en el que basta que opines dos duraznos fuera de su ápice para que te lapiden con carbones al rojo vivo, que te deseen ser arrasado por cualquier flujo piroclástico, que te digan que tu derecho a opinar no existe porque representas al odio, al racismo, el clasismo y toda la macana (sic).

Yo siento que esa concesión no hizo perder terreno al fujimorismo, yo siento que fue una suerte de suicidio colectivo del lado feminista radical y del LGTBIQ mayormente identificado con la izquierda, que ahora, en la euforia de la anulación de actas, no se siente, pero que en el corto plazo, va a dejarles sin oxígeno. ¿O, repito, piensan hacerle el pare a Castillo, a quien le dieron la ventaja en las urnas? Eso sí será para cubrirlo en vivo, en 4K y con sonido envolvente. Y con musiquita electrónica, encima.

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