No me digan que los médicos se fueron…. Será que ni siquiera llegaron

Nelson Peñaherrera
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Por: Nelson Peñaherrera Castillo. El ejemplo de la enfermera Edid Chumacero Olguín, quien desafió la corriente de la quebrada Corral del Medio, en Santa Catalina de Mossa, provincia de Morropón, nos ha conmovido a muchas personas porque demuestra que, cuando se tiene claro el sentido del deber (salvar una vida), a veces hay que tomar riesgos que permitan una buena acción que desencadene más buenas acciones. Simple teoría del karma.

El ejemplo de la enfermera Chumacero, calificado por la prensa como heróico -y no es una exageración- debería ser la norma en el sistema de salud; pero la realidad es que llega a ser la excepción. 

Y como ella, por lo menos en mi experiencia personal, son contados los y las profesionales de ese ramo quienes toman esos riesgos sobre su vida para salvar otras vidas. Tengo el orgullo de conocer y trabajar con algunos de ellos y algunas de ellas, dicho sea de paso, aunque sus jefes crean que sufren de idealismo generalizado agudo, al punto de excluírles y privarnos de una experiencia que realmente puede cambiarle la cara a ese sistema tan deshumanizado. Claro, como no entran en las componendas, fuera con ellos y ellas aunque quieran innovar y bajar los indicadores vergonzantes que tenemos a nivel regional.

Lo que para nosotros es un evento extraordinario, para estos héroes y estas heroínas será una de tantas anécdotas que contarán una y otra vez como si las vivieran en ese momento, porque se trata de adrenalina pura y de amor por la humanidad. Bueno, una va de la mano con la otra.

Desafortunadamente, insisto, no es la regla; desafortunadamente es la excepción. Y una excepción que se vuelve más y más rara conforme nos aproximamos a la ciudad, peor aún si es la ciudad más importante de la región. Mucho más si hablamos del establecimiento de salud acaso más importante de todo el departamento.

enfermera cruza quebrada 3Enfermera Edid Chumacero Olguín, cruzando el río para llegar atender un paciente.

En Castilla se yergue el Hospital Regional Cayetano Heredia, fácil de identificar por su arquitectura. Lo que parece algo funcional, adentro pues…. ¿cómo decirlo?... es un desastre.

Personal de salud que trata a los y las pacientes (y en especial a las pacientes) con la punta del zapato, administrativos que pierden historias o análisis que deben revisarse fuera de Piura, constante uso del salón para capacitaciones en pleno horario de atención al asegurado, resistencia para pasar del papel al archivo digital, reglas para la entrega de medicamentos en Farmacia que cambian según el estado de ánimo de quien te atienda.

El Cayetano sí que contiene a las siete plagas. En comparación con hospitales más pequeños como el Policlínico Reátegui, que está mejor organizado, el Hospital Regional está en la época de la familia Ingalls (y eso que el doctor Baker era recontragentil atendiendo a sus pacientes de Walnut Grove). Ya ni hablemos con el hospital Las Mercedes de Paita, pues sería comparar a los Supersónicos con los Picapiedra… y si no contratan a Robotina es por celos del sindicato. Sigamos.

Ah, no he olvidado los largos, muy largos tiempos de espera que un paciente debe pasar en el Cayetano y el clásico peloteo de que, a pesar de que la cita ha sido pactada con medio año de anticipación y en un callcenter que suele estar con las líneas ocupadas, justo el día de la consulta resulta que no estás en la lista de pacientes. Y vaya a buscar la historia y rogar a San Judas Tadeo que la pasen antes de que llegue tu turno, si no te dejan para el final siempre y cuando el médico esté dentro de su horario de atención. Toda una mañana perdida, toda una tarde perdida, y si vienes de lejos, pues se trata de un centro de referencia, hasta tres días perdidos.

Los y las pacientes se quejan, y no solo de dolor. Se quejan porque la atención en este lugar es por demás indolente, como si el personal creyera que le está haciendo un favor al asegurado que, gracias a sus descuentos en la planilla de quinta categoría, le da de comer tres veces al día, vestirse y darse sus lujitos. Sí, porque no se gana mal, les diré. Porque el personal no se toma el trabajito de invertir solo treinta segundos para explicar de buenas maneras los procedimientos, y a cuál de los tantos módulos ir a hacer una cola donde hay que enfrentarse a los que llegan último pero se colocan primero y al sistema informático que suele caerse una hora sí y la otra también.

No descarto que haya buenos y buenas profesionales en la nómina del Cayetano. Sí debe haber, pero bien ocultos y ocultas. Tan ocultos y ocultas que sus buenas acciones, esas buenas acciones que generan más buenas acciones no destacan.

Por supuesto que no me olvido tampoco de aquella vez que aquí se consiguió un donante que permitió salvar varias vidas a nivel nacional, y, de hecho, fue una historia de alcance nacional; pero, luego de ésa, ¿hubo otra de similar calibre?

Si bien el Cayetano no depende directamente del Ministerio de Salud sino de EsSalud, la aseguradora estatal, también es cierto que el nivel tendría que estar dentro de ciertos estándares humanamente aceptables. Gente que viene de establecimientos de EsSalud en el departamento de San Martín, por ejemplo, y llegan referidos a Piura, sienten que pasan, literalmente, del paraíso tropical al destierro en el desierto. Y se ven obligados a aceptarlo, bueno pues, porque el seguro cubre los viáticos.

Algo hay que hacer en el y con el Cayetano. No es aceptable que bajo el pretexto de la carga de pacientes (por algo son hospital de referencia) se les someta a maltratos, demora, pérdidas, explicaciones de lo más infantiles, inexistencia de aquello que, aunque no les cure, al menos les dé la garantía de que se les trató como seres humanos por seres humanos que podrían vivir con adrenalina pero con amor a la humanidad, como lo hizo Edid, la enfermera serumista en Pueblo Nuevo de Maray, que vadeó un río crecido para salvar una vida humana, porque la vida humana, como cualquier vida, no tiene precio.

Ojalá que ese ahínco de la enfermera Chumacero se vuelva en la regla y no siga siendo la excepción: está bien merecido el reconocimiento, pero las autoridades del sector, comenzando por la ministra Tomas, quien suele confundir San Pedro con San Francisco o Buenos Aires con Cura Mori, deberían poner las batas en remojo. No sé. Quizás inyectarse alguna dosis triple de empatía porque parecen haberse inmunizado contra ella y no con ella.

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