Estaban llorando y no hacían nada

Nelson Peñaherrera
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Por: Nelson Peñaherrera Castillo. Chile ha dejado de ser el paraíso que aparentaba, se repite todo el mundo. Protestas violentas brotaron hace poquito más de una semana cuando se anunció que el pasaje del metro en Santiago, la capital, aumentaría el equivalente a cuarenta centavos de dólar. Pero, ¿dejó de ser el paraíso que aparentaba de un momento a otro? No. Como en todos los episodios donde la gente se desborda, hay una acumulación de causas y basta una gota para derramar el vaso.

En el caso chileno, los dos factores más acuciantes han sido el bajo rendimiento previsional que otorga pensiones muy bajas a un maestro, doscientos dólares aproximadamente, y una aparente concertación de precios elevados para las medicinas, muchas de ellas no cubiertas por los sistemas de aseguramiento público y privado de ese país. Agreguémosle que los sueldos no han aumentado y que la estabilidad laboral es tan inestable como la peruana, con la probable diferencia de que, como acá somos mayormente informales, no sentimos cuando el orden se desordena.

Claro que la prensa peruana solo se dedicó a mostrar como hecho más importante la violencia desbordada y sin sentido (muchos saqueadores no fueron a conseguir alimentos, como cualquiera esperaba, sino televisores, zapatillas, refrigeradoras y cosas por el estilo, y varios videos muestran que los incendios en las estaciones de metro habrían sido causados deliberadamente por un mismo grupo de personas), y en algunos casos le quisieron echar todo el muerto al presidente Sebastián Piñera; sin embargo, cuando uno se pone a investigar en el propio Chile contado por los chilenos de todas las tendencias descubre que la cosa venía macerándose desde hace cuatro décadas (no tres), cuando la dictadura de Augusto Pinochet acababa de hacerse del poder de la forma más criminal posible.

Para quienes lo ignoren, hasta el 11 de setiembre de 1973, Chile era gobernado por el socialista Salvador Allende, quien había ganado las elecciones tres años antes. No sé si en esa época, pero ahora el periodo presidencial en ese país dura cuatro años, así que saquen línea. El hecho es que ese día que indiqué, el general Augusto Pinochet le dio golpe de estado y giró al país hacia la extrema derecha (Allende murió durante el levantamiento y muchos chilenos fueron torturados y asesinados al comprobarse que le eran militantes) hasta que un plebiscito en 1989 le dijo que ya no era bienvenido en el Palacio de la Moneda, la sede de gobierno, al son de un “Chile, la alegría ya viene” (aunque los precursores fueron, sin duda, Los Prisioneros).

protestas chile

El caso es que la alegría duró poco. Si bien la nación podía elegir y alternar a su presidente (incluso tuvo dos veces a la misma presidenta en Sudamérica), las condiciones desiguales dentro de esa sociedad no solo se agudizaron sino que la separación dentro de la propia gente hizo que, de pronto, la demografía sureña fuese casi estamental. Claro, había riqueza; pero también había mucha inequidad.

Como decía alguien en en un programa de la Televisión Nacional de Chile, su cadena pública: “Creíamos que éramos el cobre y la fruta que se exportaba, pero no nos dimos cuenta que somos un país compuesto por gente”. ¡asu! Fuerte, ¿no? Por cierto, el cobre, como el oro, se desplomaron en su precio internacional durante la semana que pasó. Sigamos.

Tras el retorno a la democracia chilena, se perpetuaron los privilegios que tenían los militares, las fuerzas del orden y hasta los parlamentarios (incluyendo los de la izquierda más radical, quienes también tienen escaños). Y aunque fueron eliminándose progresivamente, no desaparecieron del todo. En el caso de los parlamentarios, me sonó muy curioso saber que su sueldo supera en más de treinta veces al mínimo local, que equivale a unos cuatrocientos dólares. Curiosamente en Perú, la proporción es exactamente la misma.

Y así, si uno sigue buceando en la realidad chilena que no es la que se vende como estrategia de diplomacia pública, sino que corresponde al día-a-día real, uno llega a la conclusión de que el milagro chileno tiene demasiados círculos de pobreza. ¿Falló el neoliberalismo? No lo sé. Venezuela se vende como el paraíso socialista y la gente que ha escapado de allí nos repite que el discurso de Nicolás Maduro es tan creíble como afirmación de Día de Inocentes. Y lo mismo pasa con Argentina, y con Brasil, y con Colombia, y con México, y hasta con Estados Unidos. Aparentemente, el error del milagro chileno fue negar la existencia de la pobreza más extrema, algo que en países de alta gama propagandística, como Brasil o México, no se ha tenido ningún problema en mostrar. Tampoco Perú se ha esforzado por ocultar que tiene miseria, y, en todo caso, está trabajando para superarla. Y quizás ésa es una de las claves: para que el enfermo se sane, debe reconocer que está enfermo, y ése es el paso que Chile se resistía a dar.

Al margen de derechas o izquierdas, o arribas o abajos, mi preocupación ahora es saber si la ola violenta extrema (anunciada a bocajarro por el chavista Diosdado Cabello) que han asolado a Ecuador y Chile podría contagiar al resto de Sudamérica, Perú incluído. Quizás la respuesta parece haberla hallado el propio Chile, pero no a niveles gubernamentales ni legislativos –que demostraron no estar a la altura de la crisis- sino más comunitarios, y en algunos casos con ayuda de su televisión pública.

El viernes 25, más de un millón 200 mil personas se reunieron para protestar festivamente en la plaza Italia, en el centro de Santiago de Chile, y la estampa de plazas o calles o avenidas se repitió a lo largo de todo el país. Ojo que la cifra es oficial, proporcionada por las propias autoridades locales, quienes sumaron otro cuarto de millón de manifestantes en el resto de la nación. Una de las actitudes que más destacaron los medios de allá fue el hecho que la gente que asistió se ha tratado como igual entre sí, y los que antes se llamaban rivales se tomaban de la mano, ondeaban sus banderas en conjunto sin luchar entre sí; en todo caso contra un sistema que no les representa, que no les hace dignos.

¿Dónde está lo raro en todo esto? Que, aparentemente, la sociedad chilena, a decir de los propios chilenos, ha sido una sociedad que no ha sido capaz de dialogar cara a cara y que mas bien ha preferido refugiarse en sus espacios individuales y en los celulares inteligentes. Ojo, no digo que la tecnología sea la culpable, pero ha sido el vehículo mediante el que el chileno se abstraía, que en lugar de ir a la raíz y resolver su inequidad, optó por adormecerse hasta que el dolor fue demasiado agudo como para seguirlo ocultando.

Y la cura fue dialogar a pesar de las diferencias; mejor dicho, incorporando las diferencias. Y resultó que Chile está descubriendo que, en sus diferencias, es un país que quiere caminar al mismo sitio. Claro que la extrema derecha se congratula en pasarle la tanqueta a quien proteste y la extrema izquierda alucina que bajándose presidentes o cambiando constituciones (sí, también allá están con la misma cantaleta) se hace justicia, pero no: Chile está descubriendo en el diálogo franco y respetuoso una suerte de mejor orden social: democracia participativa.

No sé si en otros medios de comunicación chilenos, pero al menos la televisión pública de ese país, a la que me he prendido como garrapata todas estas noches, ha tenido la decencia de ofrecer una cobertura noticiosa donde todo el mundo tenía pantalla y en la que lo único que se juzgaba como malo era la violencia destructora. Además, tienen un programa de debate donde realmente gente de diferentes tendencias y posiciones hacen verdadera catarsis, una suerte de psicoterapia a cámara, donde si hay que criticar, se critica; lo mismo si hay que valorar, se valora; incluso si hay que llorar, se llora. Y todo con el respeto más absoluto. Y ésta parece ser la otra gran palabra clave.

¿En Perú cuántas veces nos estamos dando la oportunidad para encontrarnos quienes no coincidimos de ninguna manera y nos escuchamos y opinamos con el mayor respeto posible? Miremos las redes sociales: no lo estamos haciendo, no estamos sacando provecho a los espacios reales ni virtuales. Insultamos, difamamos, injuriamos, hacemos de la ‘nube’ una suerte de selva donde creemos que quien agrede más tiene la razón. Y ése es nuestro error que no queremos reconocer, que no queremos corregir, que no queremos curar.

Dicho sea de paso, las cadenas de radio y televisión peruanas están en una suerte de puerta giratoria de políticos y especialistas que se reciclan en todas las señales sin darle paso a la ciudadanía de a pie para que se siente en esos estudios a decir lo que tiene que decir porque también es parte de la construcción de este país. Ahí está otro de nuestros errores, fruto de ese conservadurismo que mas bien se aferra del miedo a lo distinto, al debate con inteligencia.

Nos encanta subrayar lo diferente de las formas evitándonos la oportunidad de conciliar los fondos. En efecto, hace poco el Ministerio de Cultura y el Gobierno Regional de Piura firmaron un acuerdo mediante el que se da más vuelo a las actividades culturales en nuestro departamento, algo que varios promotores venían cabildeando por décadas; pero, en lugar de celebrar el logro, todo el mundo se comenzó a jalar los pelos bajo el pueril argumento de “por qué él sí lo hizo y por qué no lo hice yo” o “porque él lo hizo y yo no lo hice, no vale”. Y, como alguna vez me lo dijo un entrenador deportivo cubano, los peruanos somos como esos cangrejos que, encerrados en un balde, se jalan de las patas para impedir que alguno salga primero.

Como en Chile, en Perú ha quedado claro que mientras más nos insultemos, más engordamos a nuestra clase política, y ésta nos manipula a su antojo (léase Fuerza Popular, APRA, Frente Amplio y Nuevo Perú). Quienes hemos entendido esta agenda y mas bien estamos usando los espacios que tenemos para señalarla como cizañera, estamos descubriendo lo que Chile recién está comenzando a descubrir: el sentido de comunidad, el hecho de que el poder se delega desde el pueblo, no se da como cheque en blanco para hacer tropelía y media.

No siempre habrá alguien con la voluntad para tomar decisiones radicales (léase disolver al Congreso) si es que esa voluntad no la sabemos administrar estratégicamente como comunidad, por encima de ideologías y programas personales o partidarios.

Lo aprendimos en 2000 cuando forzamos la renuncia de Alberto Fujimori (recuerden a universitarios de diferentes insignias marchando bajo una sola bandera, cuando no solían hacerlo), lo aplicamoss cuando el caso Tambogrande que terminó exitosamente en 2005, lo aplicamos cada vez que había repartija, ley pulpín, conductas dictatoriales desde el Legislativo, etc. Perú puede dar cátedra de que el sentido de comunidad realmente tiene buenos resultados, preserva el sistema democrático, previene o corrige los abusos de poder, y nos vuelve mejores personas, y eso que no hablo de mostrarnos como una cultura viva irresistiblemente atractiva. El problema es que nuestra memoria de largo y corto plazo suele fallar. Ése es otro tema.

Volviendo al caso chileno, el hecho que el gobierno haya cedido, el hecho que millones salieran a marchar, el hecho de la propia expresión no bastará. Sanar va a tomar mucho tiempo, pasando por reconstruir todo lo vandalizado, castigar los casos de tortura que habría infligido la policía a personas detenidas (especialmente abusos sexuales contra mujeres y gays), rehacer agendas, rehacer un país. Tomará tiempo, pero por lo menos una forma de hacerlo recién se está explorando. Y si hay “estrechez de corazón” (otra vez Los Prisioneros dixit), el éxito será complicado de conseguir.

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