Perú, el país que no sabe jugar en equipo

Nelson Peñaherrera
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ERP. (Por Nelson Peñaherrera Castillo) Todavía estamos comentando las buenas sensaciones que nos dejó los Juegos Panamericanos Lima 2019, y estamos a la expectativa de lo que nos traerá los Juegos Para-Panamericanos que comenzaron el viernes 23. El consenso es que el nivel de la organización ha sido óptimo y todo el mundo se ha quedado contento. Encima, el promedio de audiencia de las ceremonias de inauguración y clausura ha sido estimado por los organizadores en mil millones de personas.

En términos de medallas solo de los Panamericanos, aunque el Perú no está entre los cinco primeros, sí ha quedado en la lista de los diez mejores en todo el continente. Incluso, ha llamado la atención que nos hemos quedado a solo una medalla de las cuarenta que el Comité Olímpico Peruano había pronosticado, es decir el 84% de éxito o un 16 tirando para 17 en la casi discontinuada escala vigesimal de calificación.

En términos gruesos, la actuación deportiva del Perú ha sido buena; sin embargo, si vamos a los detalles del logro, nos hallamos con un dato que se ha apuntado tímidamente. Si revisamos el medallero nacional, casi todas las preseas (excepto karate y alguna disciplina que se me puede estar escapando) no han sido otorgadas a equipos sino a deportistas individuales.

Por lo menos en surf y atletismo, hemos tenido una de nuestras mejores actuaciones; y aquí la primera lectura pareciera ser que el peruano o la peruana luchándola por su cuenta muestra más competitividad (y competitivismo) que coordinando esfuerzos con sus pares. Ojo que incluso cuando hablamos de deportes de equipo, casi no destacamos a las selecciones sino que tendemos a individualizar el logro; ejemplo clásico, y no quiero que se interprete que lo veo como algo negativo, Paolo Guerrero.

El trabajo individual tiene un alto riesgo. Cuando la figura pierde fuerza, o deja de existir, el interés puede decaer hasta quedar en terrenos míticos en el mejor de los casos, o convertirse en un ejemplo a emular en los más destacados. Pero en términos de continuidad de trabajo como equipo, ahí sí que estamos fallando. ¿Por qué?

Hay dos grandes defectos que tenemos los peruanos y las peruanas en general: no sabemos dialogar y no honramos la confianza que nos dan.

En el primer caso, nos escuchamos y queremos que nos escuchen por encima de todas las cosas y, aunque digamos cada tontería, creemos tener la razón y hasta reaccionamos virulentamente cuando queremos que nos interpreten como lógico lo ilógico de nuestro razonamiento; y cuando éste sí es lógico, no tenemos la humildad de enriquecerlo con los aportes lógicos de gente que puede tener una visión mejor organizada que la nuestra. Como resultado, no dialogamos, “monologamos”. ¡Cáspita! Ahora caigo por qué los formatos unipersonales en el Perú son un éxito rotundo. Sigamos.

Lo segundo es que basta con que nos den un poquito de espacio para hacer las cosas bien que inmediatamente usamos nuestra creatividad para planear cómo hacer las cosas mal, es decir,engañando, indisponiendo, o simplemente exigiendo y exigiendo sin dar nada a cambio. Entonces, esa parte de tu hoja de vida que reza como “habilidad para trabajar en equipo” es un gran saludo a la bandera, una mentira redonda como esa otra que dice “proactividad” o esa otra que repite “capacidad para trabajar bajo presión”. Bueno, el papel sigue aguantando todo; pero, regresando al punto, nuestras habilidades sociales se reducen a ver cómo me aprovecho de la otra persona sin dejar que la otra persona siquiera me saque provecho positivo, bajo el miedo –aquí estaba la palabrita clave- de que si doy todo lo que sé es probable que la otra persona aprenda tanto que me pueda superar, y eso me deje fuera de carrera. Y en nuestra mentalidad mediocre, en lugar de competir contra cada uno de nosotros mismos, ni siquiera competimos con el resto; simplemente, no competimos: nos da miedo.

Y lo peor de todo en los dos casos es que no tenemos ejemplos en los que podamos pararnos para decir, bueno, sí, podría cambiar mi actitud de esta u otra manera. Comenzando por el Congreso, donde hay un crisol de egos, egoísmos y egolatrías, no tenemos referentes (si alguien me prueba que un congresista trabaja por el bien del Perú, yo le probaré que la Luna es de queso). Sin embargo, hay cierto hálito de esperanza al ver que sí apreciamos los logros personales conseguidos con puro y real esfuerzo, como el de nuestros medallistas. Entonces, si exploramos por ese lado, me parece que tenemos dos alternativas para mejorar la situación presente.

La primera es que sigamos cultivando nuestra competitividad individual, entendiendo, precisamente, que mi mayor referencia debo ser yo mismo. Es decir, construir cada día una versión mejorada de la que fui ayer, y salir a campo a probarme cuánto éxito puedo conseguir. Lo peor que podría pasar no es perder, sino desconfiar de aquello que soy capaz (tenerme miedo a mí mismo, a final de cuentas).

Lo segundo es que realmente decida apelar a la resiliencia y comience a confiar en la otra persona sin temor a que me supere o no me supere, simplemente generar la sinergia para conseguir una meta conjunta, y una vez que la obtenga, ir por la siguiente, quizás con esa misma persona, quizás con otra persona. Esta segunda opción supone que la persona adopte la misma actitud que la mía, no porque la mía ssea mejor sino porque la nuestra es la mejor. Y si se suma otra persona más que sintoniza en la misma frecuencia, mejor aún. Y si vienen más con el mismo enfoque, entonces veremos que las cosas cambian.

Por otro lado, yo no veo como negativo el hecho que una persona triunfe por su cuenta. Digo, a quien Dios se la dio, San Pedro se la bendiga. Lo que me parecería deleznable es que su triunfo se haga a costa del resto. Nada más. Lo que si me parece es que si el Perú es la nación donde los logros personales consiguen mejores cosas que los logros colectivos, pues, o buscamos la manera que se vuelvan altamente competitivos, o revisamos qué está fallando en nuestro modelo de construcción social que, para mí, está más que claro: miedo al otro o la otra. Sí, ésa es la raíz. No es el modelo económico ni político per-sé; es el miedo que paraliza.

Veamos qué lecciones nos dejarán los Para-Panamericanos, los que serán tan apasionantes que sus antecesores, y con una ventaja comparativa interesante: cada atleta ya llega con una gran victoria en el pecho, y es, simplemente, no haberse rendido y haber confiado en cada uno y cada una.

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