Dios, patria, ley, mi moto, mi billetera, mi look…

Nelson Peñaherrera
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ERP/Nelson Peñaherrera Castillo. Dos amigos salen de “una reunión” en una motocicleta, ya entrada la madrugada, por una carretera nacional: entrando al túnel de Sullana, uno de ellos pierde el control, y el otro, que era policía, sale disparado al vacío; muere en el acto. Más de un año atrás, otro sale de madrugada de un restobar, en motocicleta, por una carretera nacional, en Sullana, y se empotra contra uno de los remolques de un tráiler. Fallece hecho puré.

En el segundo caso, las diligencias obtenidas por la prensa establecen que el conductor iba en estado de ebriedad. En el primero, extraoficialmente, fuentes me aseguran que ambos pasajeros también estaban ebrios, pero los reportes no lo establecen ni tampoco dicen de qué tipo de “reunión” salieron.

Dos policías varones comparten cuarto; uno de ellos manipula su arma y, ¡ups!, se escapa un tiro, que lo mata. Dos policías mujeres comparten cuarto, discuten, una le dispara a la otra y luego la homicida se convierte en suicida. ¡Ups! ¿Por qué hay tantos detalles en el segundo caso?

En algún lugar de la sierra, a un policía no se le ocurre mejor idea que rastrillar su arma para “seducir” a otra persona, mientras beben trago corto, fuera de sus horas de servicio. Esta historia jamás figurará en ninguna investigación porque dudo que el policía quiera revelar a qué persona seducía.

Un estudiante es expulsado de una de las escuelas de Suboficiales en un raro incidente que el afectado alude a haber entonado una canción del ejército en plena cuadra (Dios mío, ¿y si hubiera cantado el Caballito de Palo?), sus superiores lo tildan de tener una condición mental que lo lleva a decir lisuras y obscenidades (¿la Policía?) que luego se transforma en esquizofrenia (insisto, ¿la Policía?), una madre que reacciona como si al hijo lo hubieran condenado a inyección letal, y un psiquiatra que desdice a todo el mundo.

¿Qué tienen todos ellos en común? No exceden los 30 años de edad, la mayor parte acaba de egresar de las escuelas de suboficiales de La Unión y de Sullana Oeste, o ni siquiera ha egresado… ¡y ya son un problema para la comunidad! Y no cualquier tipo de problema sino uno, literalmente, mortal.

¿Más? Policías en la ruta Sullana-Suyo para quienes los choferes siempre les reservan sus cinco luquitas, los atolladeros en las intersecciones más concurridas de la ciudad de Sullana, y como cereza del pastel tenemos al suboficial que habría hurtado una motocicleta en la puerta de un prostíbulo de la Villa de la santísima Trinidad (Señor de la Agonía, ruega por ellos).

Para algunas personas más o menos estudiadas, estos efectivos aún no superan la post-adolescencia mental, por lo que si no son capaces de cuidarse a ellos mismos, menos van a prestarnos garantías de conservar y defender el orden público y hacer respetar la Constitución. La del Perú, por si acaso. Digo.

A propósito, policías con alguito de experiencia me dijeron que si llego a cruzarme con un efectivo ‘junior’ (léase, tombo pulpín), que le pida me recite el artículo 166º de la Carta Magna, a ver si se lo sabe con puntos, comas y notas al pie. Los uniformados me aseguraron que su proceso de formación fue aprenderse el texto tal cual, y pobre del que se equivocara.

“Se creen los super policías, que no les va a pasar nada, que son indestructibles y mira como terminan ca**do su carrera”, me espetó uno visiblemente incómodo cuando le conté que iba a escribir esta columna. “No nos metas a todos en el saco; son ellos, los que recién salen quienes nos dan mala imagen”.

Admito que no me he cruzado con ningún policía recién egresado para que me dé sus descargos, pero considero bueno escucharle en todo caso. Lo que sí, mi primera pregunta sería si reconoce que su inexperiencia puede representar un riesgo para la sociedad que dice defender; y para quienes lo han formado, ¿en serio pueden garantizarme que lo han formado… o deformado?

De paso que tiene tiempo para aprenderse de memoria el 166º.

Yo no quiero un país sin policías; al contrario, son personas que, dentro del ordenamiento del estado, son referentes clave. Es más, no desconozco y más bien aplaudo a rabiar cuando alguno nos sorprende con actos heroicos como rescates, capturas relevantes, traer nuevas vidas al mundo porque se llega tarde a la sala de emergencias, arriesgar su futuro para poner el nuestro a salvo. Ellos y ellas, quienes visten el uniforme con honra, merecen todito nuestro respeto, memoria y gratitud.

Pero quienes entraron sin vocación de servicio, por lucirse, por creer que un arma te hace más poderoso que un mortal común y silvestre, porque así será más fácil apañar el crimen y la corrupción, porque es incapaz de respetar las propias reglas de tránsito, porque su formación sadomasoquista le ha creado un corto circuito entre el fetichismo y la autonegación, esos solo merecen el repudio, el señalamiento y la depuración ahora mismo. Ni un segundo más ensuciando emblemas que les hemos dado los peruanos y las peruanas.

Ojalá que la gestión del ministro Basombrío llegue hasta el último suboficial, le someta a todas las evaluaciones pertinentes, y que, dependiendo de los resultados, continúe o se le expulse. Nuestra seguridad está en juego, así que no hay punto medio.

(Opina al autor. Síguelo en Twitter como @nelsonsullana)

 

Pristina 255