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La deuda pendiente de la homofobia

Nelson Peñaherrera
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nelson penaherrera castilloERP/N.Peñaherrera. Un estudiante de Comunicación me pasó hace poco un texto para conocer mi opinión. Es uno de los tantos trabajos que suelen dejar para entrenarnos en la habilidad de escribir correctamente.

Era la historia de un niño, a quien un buen día un vecino adolescente le dijo que le mostraría un duende que rondaba una casa abandonada. Jamás lo encontraron. Mas bien, el púber terminó violando al más pequeño. Una década de diferencia entre ambos.

Unas semanas después, el padre del niño lo descubrió casualmente jugando voley, pero con ademanes muy "femeninos". Lo masacró pegándole con un cable eléctrico.

Lo peor llegó años después, cuando una indiscreta hermana descubrió, en plena comida familiar, que el chico tenía una ceja ténuemente depilada. La madre lo quemó con agua hervida, y el padre intentó acribillarlo –literal- con lo que tuviera a mano hasta que una lata de sardina le impactó sobre una de sus cejas.

Hoy el niño, ya adulto, trabaja en una peluquería.

Como le dije al estudiante, de primera mano, es la típica historia que estereotipa a los varones homosexuales: tienes que ser una caricatura de mujer en apariencia y pensamiento, y debes dedicarte a labores más "femeninas" u orientadas a mujeres como la peluquería o la decoración.

En otras palabras, la concepción machista del varón homosexual es el travesti, visión compartida incluso por varones homosexuales con una arcaica identidad de género.

Luego, hay dos comportamientos en el relato que indignan: el abuso que ejerció el 'cazaduendes' y la reacción sin nombre del padre y la madre. En ambos casos se trata de violencia.

Dice la Biología que las especies suelen reaccionar violentamente cuando desconocen o cuando temen. La Psicología especifica que en la especie humana la violencia se manifiesta cuando ambas opciones se mezclan.

Al ignorar algo, por instinto de supervivencia solemos afrontarlo con miedo. Y cuando creemos que estamos en peligro grave, acudimos a la violencia como primer y último recurso.

en el caso del niño, pienso que la responsabilidad es de papá y mamá, pues de haber tenido una actitud más sabia, el pequeño les hubiera confiado la violación y hoy alguien estaría pagando ante la Justicia; además, no se hubieran escandalizado por los requiebres del voley y por la ceja tenuemente depilada.

Papá y mamá querían a su hijo por quien parecía, no por quien era o quien es. El amor con condiciones es un signo de ignorancia y de temor, ergo, de violencia.

Como lo digo en mi libro y en mis conferencias, amor y cariño no son sinónimos. El cariño es consecuencia del amor, y el amor es consecuencia del conocimiento objetivo y abierto, sin cortapisas, sin condicionamientos, sin chantaje emocional ni material, sin condenas por encima de la inocencia.

Nuestra sociedad tiene mucha riqueza material, pero está peor que pobre extremo en cuestiones de amor, de conocimiento. Ignoramos. Ahí está la mesozoica reacción de padre y madre contra un niño que necesitaba seguridad y protección tanto moral como legal.

Como dije antes, aunque comenzamos siendo ignorantes, no es derecho ni justificación seguirlo siendo. Tenemos que conocer sin miedo a la verdad, pero la verdad real, no la que nos tamizan creencias y prejuicios.

Ese padre y esa madre tienen una deuda moral y legal (los golpes, las heridas y las quemaduras son delito) frente a su hijo. El violador, lo mismo. Nuestra comunidad tiene una deuda de sabiduría frente a aquel niño hoy ciudadano.

Ahora bien, ¿honraremos plenamente tal cuenta pendiente?

(Sigue al autor en Twitter como @nelsonsullana)

Pristina 255

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