La teoría del escaparate denigra a las mujeres… y a los varones también

Nelson Peñaherrera
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ERP/Nelson Peñaherrera Castillo. Aunque ya pidió perdón, el enredo del cardenal Juan Luis Cipriani en su programa de radio del sábado 30 de julio creó un verdadero tsunami de indignación en la opinión pública peruana que trascendió fronteras, y que incluso sigue dividiendo a los y las fieles que profesan el Catolicismo a nivel nacional: ¿las mujeres son víctimas de abuso por exhibirse cual si fueran escaparates, o es una indulgencia para quienes las abusan?

Antes de decir qué pienso sobre esta controversia, quisiera anotar que la tesis de la mujer escaparate no fue solo esgrimida por Cipriani. En la semana que pasó, he escuchado por lo menos a dos personas sin ninguna relación en absoluto que aseguran haber escuchado la misma consigna en sermones de templos y colegios católicos de Sullana, y en ‘horario estelar’ encima.

O sea, siendo bien justos, Cipriani no se merece todo el crédito, menos la Iglesia Católica (de hecho, laicos y religiosos no alineados al cardenal criticaron duramente su expresión), y menos el Catolicismo. Pienso que lo apropiado sería decir que algunas personas que profesan esta religión creen que una persona se merece cualquier tipo de agresión porque sus modos, patrones y estilos de vida pueden representar una provocación para algún prójimo habitual u ocasional. A esto llamamos la teoría del escaparate.

Si revisamos cuidadosamente el enunciado anterior, veremos que proviene de una minusvaloración del ser humano, un reduccionismo de la condición humana, tanto para quien agrede como para quien sufre la agresión porque les degrada a ser simples seres vivos reaccionando por instinto, no por raciocinio.

Mejor dicho, no reconocen la grandeza de la humanidad per-sé sino que la encuadra como una raza con un insalvable defecto de fábrica, sobre el que no se puede reclamar a nadie para hacer respetar la garantía… sí, como tu televisor o tu impresora-fotocopiadora-escáner. ¡Recontra! ¡Ya caigo por qué el bajo autoestima masivo! Sigamos.

El mecanismo funciona más o menos así: yo tengo un rico plato de mazamorra limeña con sus pasitas, guindones y almendritas rayadas; lo dejo en una mesa, no importa si casualmente o adrede, pero lo dejo y me voy. Enfrente hay otra persona que está mirando el plato. Ante el estímulo, esa persona tiene dos opciones: ignorarlo aunque lo desee; o tomarlo y disfrutar su contenido sin pedir permiso.

Incluso, si mi intención hubiera sido provocar (no forzar u obligar) la gula de la otra persona, ¿quién toma la decisión final de agarrar o no agarrar el plato? Por tanto, ¿quién se responsabiliza por agarrarlo?

En la interpretación de la teoría del escaparate esgrimida por algunos católicos (y de otras confesiones), la justificación sería “como tú dejaste el plato, yo me lo comí… la culpa es tuya”. Quizás. Pero, acaso, ¿no se enseña en el Catolicismo y el Cristianismo en general que la virtud de todo y toda fiel es imponerse a la tentación?

Para quienes aún no ven el reduccionismo, lo que algunos católicos piensan de sus compañeros y compañeras de culto es que son animalitos de la Creación incapaces de razonar, que funcionan como en el controvertido experimento de Pavlov: estímulo-respuesta sin más objeción.

Aplicada esta deducción a los abusos sexuales, el victimario es tan incapaz de reprimir sus impulsos que basta con que alguien tenga menos trapos de lo debido para lanzarse como fiera a su presa. Sin embargo, esta es una falacia, porque no hay un patrón concluyente que sostenga que a menos o ninguna ropa, más exposición a una violación o cualquier delito contra la libertad sexual.

En mi comentario de la semana pasada*, hablaba de dos docentes que manosearon lascivamente a sus alumnas de primaria, que hasta donde sabemos, estaban con uniforme de colegio. Listo. Se vino abajo la justificación de la cantidad de ropa, ergo el escaparate como tentación.

Lo que estos católicos no quieren reconocer, lo que a mí me parece una señal de alarma (sí, feligreses y feligresas, vean la luz roja), es que cometer o no cometer el abuso no está en el objeto del mismo, sino en el sujeto que lo perpetra. Quien toma la decisión de seguir o ignorar el estímulo es quien se estimula, no quien parece estimular, o a lo mejor ni tiene la más remota intención de estimular.

Y si la intención de quien parece estimular fuera efectivamente generar una respuesta de posesión, la decisión final sigue estando en quien responde al estímulo; por lo tanto, es plenamente responsable del acto de posesión y sus consecuencias éticas, morales y legales.

Entonces, esa teoría del escaparate es denigrante para varones y mujeres, al margen de si estimulan o parecen estimular, porque nos reduce a seres irreflexivos e instintivos y a la vez nos reduce a cosas.

Claro que si te gusta presentarte como escaparate, lo que es tu derecho, también tienes que disponerte a reconocer que hay riesgos; pero, incluso teniendo toda la intención de estimular, la respuesta final es de quien se te dirige y cómo se te dirige (lo que no descarta la existencia de algún bestia, especialmente con votos de castidad).

Son las finas líneas que separan lo sano y lo patológico en las relaciones humanas englobadas en la sexualidad.

*http://www.elregionalpiura.com.pe/index.php/columnistas/174-nelson-penaherrera/15696-discriminadores-corruptores-manoseadores-y-seductores-educacion-os-acoge

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