La identidad como herencia (I)

Nelson Peñaherrera
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nelson penaherrera castilloERP/N.Peñaherrera. El martes último falleció mi abuela materna Santos. Con esta pérdida, me quedo sin ningún papá ni mamá de mi papá o mi mamá.

Ese deceso trae de vuelta una típica pregunta humana: ¿y qué pienso hacer con mi vida?

Casi nunca tenemos una respuesta completa. A veces tenemos ciertos clichés políticamente correctos, o no sabemos qué decir.

En todo caso, quizás es parte del trabajo que tenemos en nuestra vida: marcar el surco por donde tenemos que ir.

No sé si mis abuelos y abuelas se lo plantearon explícitamente, pero haciendo un balance de sus vidas, creo que su principal aporte a mi vida –y por ende, el aporte de sus vidas- ha sido darme identidad.

No hablo de acompañarme a sacar DNI, sino darte la respuesta a la pregunta '¿De dónde vienes?'.

Tengo el orgullo de decir que, por ambas ramas, tengo respuestas sólidas y comprobables.

Por el lado Peñaherrera, como alguna vez conté por acá, tengo ascendencia ecuatoriana.

Papá ha empleado buena parte de su tiempo en Facebook para buscar a los y las familiares desperdigados en esa red social, y ha conseguido mapearles, tan al sur como Perú y tan al norte como Venezuela.

Y todos parecen haberse irradiado desde una 'zona cero' muy particular, cual 'big bang' del universo apellidado Peñaherrera.

Parece que nuestros antepasados comunes son de Cotacachi, una localidad en la provincia de Imbabura, Ecuador.

Según cuenta mi padre, el apellido está incluso en la sopa. Literal.

En 1987, papá tuvo la oportunidad de seguir un curso en CIESPAL, Quito, y parte de sus ratos libres fue hacer turismo en los alrededores.

En el álbum familiar tenemos fotos suyas, con un ramillete de gentes venidas de diversas partes de las Américas, en el lago Cuicocha. Se trata de un espejo de agua que se apropió de una antigua caldera volcánica, y es uno de los atractivos más lindos al pie del monte Imbabura, un cono ahora inactivo de lava, ceniza, andesita y piroclasto.

Lo sabemos porque papá no se limitó a llegar, ver, y asombrarse, sino también a curiosear. Y no contento con eso, a comprar libros.

Lo paradójico es que aunque anduvo en las tierras de donde proviene la familia, no se enteraría de qué suelo estaba pisando sino unas décadas después.

El caso es que desde el norte ecuatoriano, alguna rama se mudó hasta Cuenca, luego a Yurimaguas, luego a Saposoa, luego a Bellavista (en el Huallaga), y luego a Piura.

Mi último hermano estuvo en Ecuador coordinando la presentación de un coro, el año pasado. No logró ir más al norte de la propia capital, pero también anduvo cerca.

Eso explica por qué yo sentía conexión con el otro lado de la frontera desde niño. Lo más que llegué a penetrar en esta especie de segunda patria es Guayaquil.

Pero no solo por el lado de mi padre. La familia de mi madre también estuvo muy conectada con el ecuador, pero de otra forma.

(CONTINUARÁ)

(Sigue al autor en Twitter como @nelsonsullana)

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