Que no cunda el pánico; el responsable está adentro

Miguel Arturo Seminario Ojeda
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Por: Nelson Peñaherrera Castillo. Hemos oído decir en escenarios políticos partidarios que no podemos condenar a las organizaciones por los malos actos de sus miembros, siempre que los fines de las organizaciones sean legales. Sobre si tales fines deben ser buenos o malos, ya entramos a temas morales muy discutibles -sí, la moral es discutible, gente-, ya que puede que la organización plantee nuestra felicidad pero a través de medios que pueden generar un daño a corto o largo plazo.

En todo caso aquí tenemos que usar el sentido menos usado: el sentido común; mientras tanto, regresemos a la premisa inicial: una organización con fines legales donde sus miembros no actúan correctamente, o actúan con impericia causando perjuicio antes que beneficio.

Con la volubilidad típica de nuestra opinión pública (castellano chusquito: cuando la gente dice lo que piensa según su estado de ánimo), existe una tendencia grupal a generalizarlo todo. Ejemplo típico: Voy a una farmacia a comprar una medicina y la persona quien me vende no sabe atenderme bien; cuando le cuente al resto, difícilmente individualizaré responsabilidades y tenderé a decir que "en esa farmacia atienden mal".

Resultado, si tengo mucha influencia en mi grupo de gente: podría generar un prejuicio o valoración sin considerar los hechos ("en esa farmacia atienden mal"), el que puede degenerar en un estereotipo o etiquetado que aplica a todo un grupo aunque no sea cierto ("quienes atienden en esa farmacia son malos"), y de allí a la aprobación o al rechazo no hay más que un cuartito de paso.

Por supuesto, existen las organizaciones donde la norma parece ser la mala actuación, y no por un solo caso aislado sino por lo que parece ser una conducta corporativa, y ejemplos tenemos de sobra, especialmente cuando tenemos que pagar los recibos a fin de mes, si es que llegan en físico a casa... y si es que los pagamos puntualmente a fin de mes. 

Retomemos, que nos volvimos a salir del punto.

Definitivamente, la generalización nunca es buena, y aquí no se trata de si el tema es moral, inmoral, legal o ilegal, sino de sentido común. Desde que las organizaciones son organizaciones porque están compuestas por seres humanos, habrán quienes dentro de ellas destaquen (y que son usualmente a los que más trampas se pone para hacerles fallar), quienes no sean ni chicha ni limonada (la gran mayoría), quienes todo lo vean mal (y participen en uno que otro complot), y los que yerran con efecto (sin comentarios).

Ahora bien, ¿cuán cabeza fría somos para separar el grano de la brizna, y a apartir de este punto emitir una valoración?

Regresemos al ejemplo de la farmacia. Salvo que se compruebe lo contrario, el hecho objetivo es que la persona que trabaja en ese lugar me atendió mal; pero éso no quiere decir -insisto, mientras no se pruebe lo contrario- que sea una política generalizada: es, en todo caso, un conjunto de malas actitudes o impericia de quien me atiende.

Y ahí está la gran diferencia. Cuando las organizaciones con fines legales tienen gente que actúa mal, no es culpable la organización sino la persona que actúa mal, y quienes la seleccionaron para ese puesto una vez se compruebe no tomaron todas las previsiones o no aplicaron los filtros necesarios para una selección fina.

Y si hablamos de un conjunto de gente al interior de la organización que se ha propuesto actuar mal, tampoco es la organización la mala sino ese grupo de personas que actúa mal.

Obviamente, si una mala actuación genera un perjuicio o daño, sería ilógico, ilegal e inmoral premiarlo; tiene que ser sancionado, repito, por un simple sentido común. Si aciertas, premio; si desaciertas, sanción. éso es en términos demasiado simplificados la justicia: dar a cada quien lo que le corresponde.

Por lo tanto, las sanciones son individuales. Un abogado o una abogada independientes podrán ahondar en esta teoría que ya está más en su campo; y en todo caso, aquí les damos espacio para que se explayen si lo desean.

Por supuesto que las sanciones son congruentes a la gravedad del daño inflingido, ya sea que fue causado por una sola vez o si ya viene siendo algo sistemático, de varios años atrás. No sé, como un cuarto de siglo atrás más o menos. La cosa es que a mayor daño, mayor sanción; a menor daño, menor sanción.

Y, como siempre, si el error es mío, lo menos correcto -por no decir inmaduro- es culpar a la otra persona, especialmente cuando esa persona me pone al descubierto, o cuando esa u otra persona se encargan de advertirle al resto sobre el daño que estoy causando. Caballero. Me tocará a mí solito asumirlo y recibir la sanción que corresponda: una llamada de atención, una suspensión, un despido, o despido con yapa (léase, con ddenuncia ante el sistema de justicia, si fuera el caso).

Y tampoco es bueno actuar con fanatismo, tratando de justificar la falta con argumentos del tipo "hemos robado menos", "hemos matado menos" o "hemos fallado menos". Recordemos: los errores son individuales, y por definición surgen cuando las cosas no se hacen bien. Y si esas reacciones no son por fanatismo, sospechemos de un cabildeo estilo "manotazo de ahogado".

Entonces, no caigamos en la tentación de culpar, exculpar o demonizar a organizaciones con fines legales por el dolo o la negligencia de sus integrantes. Señalemos a esos y esas integrantes y exijamos que los órganos correspondientes apliquen justicia. Y que venga a la organización gente nueva y buena, que actuará positivamente, y que pueda estimular el crecimiento de la organización, especialmente si esa organización es un bien público, un bien que nos pertenece a ti y a mí, y sobre cuyo manejo siempre debemos estar pendientes y alertas.

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