ERP. Celebrar la vida siempre es un acto profundamente humano. Hacerlo al llegar a los 105 años es, además, un acontecimiento singular. Pero hacerlo con lucidez, serenidad, dulzura y una memoria capaz de regresar a los recuerdos más significativos de toda una existencia, convierte ese momento en una experiencia que conmueve.
Doña Adriana Requena viuda de Chapilliquén acaba de cumplir 105 años y conserva una frescura mental admirable. Durante su participación en el programa “Conversando” del diario El Regional de Piura, fue hilvanando recuerdos, nombres, lugares y episodios de su vida con una naturalidad que sorprende. Habla con serenidad, escucha con atención, responde con claridad y, sobre todo, transmite una paz que parece ser el resultado de muchos años vividos con fe y gratitud.
Nació hace 105 años en el centro poblado Jíbito, distrito de Miguel Checa. Con el paso de los años, y después de recorrer otros lugares junto a su difunto esposo, llegó a establecerse en el barrio Sánchez Cerro de Sullana, cuando todavía era un sector despoblado que poco a poco fue adquiriendo la fisonomía que hoy conocemos.
En ese lugar construyó buena parte de su historia. Su profunda fe católica marcó su existencia y también la llevó a comprometerse con su comunidad. Entre los recuerdos que conserva con especial satisfacción está su participación en la creación del templo del sector, una obra que permanece como parte de su legado espiritual.
No tuvo descendencia, pero la vida le permitió conservar vínculos familiares y afectivos que hoy adquieren un significado todavía mayor. Su esposo partió hace años; sus padres y hermanos también fallecieron, al igual que sus antiguas compañeras de colegio. De aquella generación que compartió sus primeros años, prácticamente no queda nadie.
Sin embargo, doña Adriana no está sola. Las llamadas y visitas de miembros de la Iglesia, algunos residentes en distintas partes del país y otros en el extranjero, mantienen vivo ese afecto que ha sabido cultivar durante décadas.
Y basta observarla cuando suena el teléfono para comprender la dimensión de su lucidez. Toma el celular con serenidad, identifica rápidamente a quien llama, responde y, muchas veces, activa el altavoz. De inmediato reconoce a la persona y relaciona su voz con recuerdos, circunstancias y momentos compartidos. Fuimos testigos de esos instantes: de sus respuestas claras, de la conversación familiar y de la alegría que le producen las visitas de quienes llegan para acompañarla en esta fecha especial.
En la pequeña sala de su vivienda, diversas imágenes religiosas hablan silenciosamente de su profunda vocación católica. Cada una parece guardar un recuerdo y conducirla a una etapa de su vida en la que desempeñó funciones como ministra en una Iglesia de Sullana.
Durante la conversación recuerda su labor religiosa, el respaldo que recibió de integrantes de la Iglesia, sus años de juventud y hasta la diferencia de edad que existía con su esposo. Al referirse a ello, una sonrisa y alguna expresión espontánea terminan arrancando una inevitable sonrisa a quienes la escuchan. También evoca los momentos en que colaboró con familias damnificadas y otras acciones de solidaridad que forman parte de una vida entregada a los demás.
A sus 105 años, doña Adriana no pide demasiado. Solo expresa su deseo de seguir viviendo los años que Dios quiera concederle. Dice no padecer mayores problemas, salvo algunas dificultades en sus extremidades que han hecho necesario apoyarse en un andador.
Pero quizá lo más conmovedor no está en la cifra de 105 años, sino en la manera en que los lleva.
Vivir un siglo y cinco años ya es extraordinario. Conservar una memoria lúcida es admirable. Poder valerse por sí misma, leer sin anteojos, realizar las tareas de su hogar y mantener una conversación amena y coherente es, sin duda, un privilegio que merece ser reconocido.
Y aunque siempre existe una mano solidaria que la acompaña, doña Adriana conserva algo que no se puede medir en años: la capacidad de agradecer, recordar, sonreír y seguir encontrando motivos para celebrar la vida.
Gracias, señora Adriana, por regalarnos unos minutos de conversación, de recuerdos y de humanidad. Gracias por enseñarnos que la edad puede acumular años sin apagar la memoria, la fe ni la dulzura.
Diario El Regional de Piura

