ERP. En la esquina de las calles Libertad y Sánchez Cerro, en el centro de Piura, se encuentra la plazuela que lleva el nombre de Ignacio Merino, uno de los más destacados artistas plásticos nacidos en esta tierra y cuya obra trascendió las fronteras del Perú. Su nombre también identifica a la Universidad Nacional de Arte con sede en Piura, como expresión del reconocimiento a su legado artístico.
Ignacio Merino nació en Piura el 30 de enero de 1817. Siendo aún adolescente fue enviado a París, ciudad donde recibió una sólida formación artística y desarrolló buena parte de su trayectoria. Allí falleció el 17 de marzo de 1876, lejos de la tierra que lo vio nacer, y sus restos descansan en la capital francesa. Falleció a los 59 años.

Su producción artística fue amplia y reveló una notable versatilidad. Entre sus obras destacan representaciones de Santa Rosa de Lima y San Martín de Porres, así como Lima por dentro y por fuera, Jarana de Amancaes, Limeños en el Portal, Colón ante los doctores de Salamanca, Aparición del Arcángel en la casa de Tobías y El Turco, entre otras creaciones que contribuyeron a consolidarlo como una figura relevante de la pintura peruana del siglo XIX.
Sin embargo, la dimensión de Ignacio Merino parece no tener todavía el reconocimiento que merece en su propia tierra. Muchos piuranos y piuranas transitan diariamente por espacios que llevan su nombre sin conocer necesariamente quién fue, cuál fue la magnitud de su obra o por qué su legado constituye parte importante de la historia cultural del Perú.
Por ello, más allá de una plazuela o una nomenclatura urbana, Piura debería pensar en un espacio permanente dedicado a Ignacio Merino, como un museo o centro cultural que permita recrear su vida, exhibir reproducciones de sus principales obras y acercar a las nuevas generaciones a la trayectoria de este artista que nació en Piura y alcanzó reconocimiento internacional.

Resulta paradójico que quien vio la luz en esta ciudad, a veces cálida y en otras tantas golpeada por las inundaciones del río Piura, terminara sus días en París, donde también reposan sus restos. Esa distancia geográfica no debería significar distancia en la memoria.
El monumento y la plazuela que llevan su nombre podrían ser el punto de partida para una política cultural que recupere y ponga en valor su legado. No se trata solamente de colocar nombres en calles o espacios públicos, sino de generar acciones concretas que permitan conocer, valorar y difundir la vida y obra de un piurano que, a través de su arte, contribuyó a proyectar la peruanidad y la piuranidad hacia el mundo.
Recordar a Ignacio Merino no debería ser un acto ocasional. Debe convertirse en una forma de reencontrarnos con nuestra historia, reconocer a quienes hicieron grande a Piura y transmitir ese patrimonio cultural a las nuevas generaciones.
Diario El Regional de Piura

