Walt Disney en Sullana

Miguel Arturo Seminario Ojeda
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ERP/Miguel Arturo Seminario Ojeda. Hoy vemos parques de diversiones de Walt Disney en todo el mundo, no hay lugar del globo terráqueo donde no haya parques de atracciones, juegos lúdicos que entusiasman a niños, adolescentes, jóvenes y adultos, que en medio de la vorágine y exigencias de la vida cotidiana actual, se dan tiempo para recrearse.

Sabemos de gente que viaja especialmente a los Estados Unidos para divertirse en esos campos de recreación inmensos, allá donde el gusto por el deleite visual es grande, y donde las emociones llenas de vértigos nos salpican de adrenalina liberada como cuando nos subíamos a las sillas voladores, y a otros atractivos de mecanismos parecidos, que llegaban a Sullana con la asesinada Feria de Reyes.

Yo creo que mi generación, que apenas empezó a ver televisión en la década del 60, tuvo una experiencia maravillosa, cuando el desierto se convertía en paraíso viviente, cuando tras las lluvias, el campo se transformaba en un gran atractivo, no solo por la belleza del verde en todos los tonos que regalaba la naturaleza, sino también por la cantidad de animalitos que lo llenaban, y nos trasladaban a un mundo mágico, que hasta entonces, la mayoría habíamos contemplado leyendo revistas mexicanas, o de vez en cuando en las revistas Billiken, que también llegaban a Sullana.

En 1941 Walt Disney llegó al Perú, pero cuando eso ocurrió, don Guillermo Riofrío Morales, el autor del tondero La Perla del Chira, que tenía 26 años de edad, se ganaba la vida haciendo caricaturas en Lima, hizo una a un señor que pasaba por el Jirón de La Unión, y al ofrecérsela en venta, el extranjero la recibió, le puso una firma, y se la devolvió, solo después, y sin reponerse de la actitud del personaje, al leer la firma, don Guillermo supo a quien había caricaturizado, guardando el dibujo como un trofeo.

Pero volviendo a Sullana, cuando íbamos a los campos de temporales, veíamos a una gran cantidad de gusanos más grandes que el dedo cordial de los adultos, de todas las variedades y colores, que parecía que el arco iris se había desdoblado en coloridos entre los anélidos vermiformes que inundaban el repentino paraíso que era el desierto cada vez que llovía, desierto, que como lo dije alguna vez, llegaba casi hasta los bordes de mi domicilio, porque nos tocó vivir en un espacio de la Sullana en expansión urbana.

Junto con los gusanos, aparecía una gran cantidad y variedad de mariposas de todos los colores que se podía imaginar, los niños se deleitaban con su paraíso viviente, porque con estos animales menores, también había otros, que junto con las especies vegetales resurgidas, eran dignos de admiración, era como si gratuitamente tuviésemos de pronto, al mundo mágico de Walt Disney, ese por el que hoy hay que pagar miles de dólares para tener frente a cada uno de los amantes del genio de este personaje. Yo, me quedo con el mundo mágico de mi desierto, y con los recuerdos añorados de la infancia.