Quebradas y más quebradas, el deleite de Iris Ruiz

Miguel Arturo Seminario Ojeda
Typography

ERP/ Miguel Arturo Seminario Ojeda. La primera vez que escuché hablar del paso por las quebradas en medio de lluvias torrenciales asociadas a lo que hoy llamamos fenómeno El Niño, fue cuando la educadora y poetisa Clorinda Sidia Espinoza de Palomino rememoraba el paso por la quebrada de Serrán en Morropón, cada vez que viajaba entre Piura y Huancabamba.

Para doña Clorinda, llegar a las orillas de la quebrada la desbordaba en pánico, la sola idea de tener que esperar que baje el caudal de las aguas era desesperante, puesto que ir de una orilla a la otra era un gran riesgo, y como no había puente, ni balsas y canoas, el paso se hacía en hombros de los negros que se dedicaban a ese oficio, quienes para evitar que la corriente los arrastrase, lo hacían completamente calatos.

Cuando le conté a Iris Altagracia Ruiz Merino esta experiencia, me dijo que ella hubiese preferido vivir en 1925 como doña Clorinda, y no en 1983 y 1998, porque para entonces ya había balsas y canoas para el paso de una orilla a la otra, y no como cuando en 1925, Clorinda Sidia tuvo que ser pasada en hombres de negros desnudos, que así pasaban a todo aquel que tenía que cruzar la infernal quebrada.

Fue en 1983, cuando Iris regresaba de Piura a Sullana, que la tuvieron que pasar cargada dos negros que estaban por la quebrada de Las Monjas, y otros dos mestizos cuando llegó a la quebrada Cola del Alacrán, la sostenían en los brazos, y ella, cara arriba, mirando al cielo, rogaba que no terminaran nunca las lluvias para que se convirtieran en un nuevo 1925, y los pasadores estuvieran como cuando vinieron al mundo. Indudablemente que lo decía de broma.

Lo cierto es, que las lluvias de 1983 nos encontraron desprovistos de todo, se alteraron las reglas que teníamos frente al clima y a las lluvias, era un caos total, o como evocaba Blanca Atocha, aunque el cielo estuviese estrellado, ese día caían tormentas, no había nada de lo que en tiempos normales habíamos aprendido, que cuando aparecían estrellas en el cielo, no llovía, en 1983, esto se alteró, llovía más, era un fenómeno.

No contenta con lo vivido en 1983, para Iris era un juego pasar de una orilla a otra en 1998, no se olvidó nunca que en Samán, antes que salieran las lanchas a motor a prestar un servicio que motivó a la municipalidad distrital de Marcavelica a cobrarles impuestos ese año, a ella también la pasaron cargada en un viaje hasta Cerro Mocho, hoy San Jacinto.

Por Sullana discurría la quebrada de Cieneguillo, que junto con la de la Cola del Alacrán, bramaban cuando las dos se hacían una sola. Pero ni eso asustó a Iris en ningún fenómeno El Niño, los pasadores, que ya sabían que se hacía pasar por gusto, la esperaban ansiosos para trasladarla, la paga era en centavos, pero poco a poco los pasadores juntaban varios soles, y con eso alimentaban a sus familiares. A ella la pasaban varias veces al día, le encantaba ponerse de cara al sol.

Hasta hoy Iris Ruiz Merino recuerda esa experiencia, y la quiere revivir, por eso ha viajado desde Lima por tierra, para ver si de una, a otra orilla del río La Leche, aparecía un bisnieto de los negros que estaban en Serrán en 1925, y la pasarían como lo hicieron con Clorinda Sidia ese año.