"Como veían que resistía fueron a llamar a un camarada"

Nelson Peñaherrera
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ERP/Nelson Peñaherrera Castillo. Hace 25 años aunque no recuerdo la fecha -sí, bien viejo que estoy, jajaj- salió al aire 'Las torres', uno de los temas más emblemáticos de los No sé Quién y Los No Sé Cuántos, mucho antes de que Raúl Romero y Gonzalo Torres terminaran conduciendo programas culturales en Plus TV (recontraentretenidos, de paso), y que se bailaba y coreaba en fiestas con toda energía, con todo y siendo un tema musical de protesta.

Escuchar esa canción de 1992 en la misma época que salió, pero en 2017, con el contexto del caso Lava Jato, la verdad, da la impresión que jamás hubiera perdido actualidad o que fue escrita hace poquito o que, por último, fuera una especie de profecía con guitarra, bajo, teclados y batería. Un clásico de la música peruana por donde se le vea; un lugar común de la cultura peruana por donde se le desmadeje.

Para comenzar, todos los personajes siguen estando aquí, cambios más, cambios menos: los terroristas (que bien podrían ser nuestros raqueteros y arañitas que nadie parece contener), el guerrillero emerretista (los infiltrados matones en las marchas vecinales), el traficante en el Huallaga (y en el VRAEM y en nuestra línea de frontera, en fin, tenemos para elegir), el búfalo aprista Agustín Mantilla (presente), Alan García y su compañía (presentes), los cinco policías en la esquina de Larco vendiéndole rifas a los más zampados (o en cualquier calle o carretera que circulamos)...

Solo pasan piola Villanueva del Campo y Chirinos Soto, que deben estar viendo todo el despelote causado por un grupo de empresas que le apostó a todo, a todos, y a todos contra todos, desde alguna dimensión paralela.

Cuando el tema salió en 1992, el Perú también vivía una tambaleante democracia en la que Congreso y ejecutivo se ponían el pie a cada rato, y la ingobernabilidad fue el pretexto perfecto para el autogolpe del 5 de abril. En la actualidad, Congreso y ejecutivo se dan la mano derecha amistosamente mientras que las izquierdas se toman mutuamente los mechones de cabello para jalarlos fuerte de cuando en vez.

Sí, el contexto político es harto diferente. Mientras hace un cuarto de siglo, el arroz con mango era fruto de disputas meramente políticas, ahora es un nauseabundo puré concebido por un puñado de corporaciones que han manejado al país como quisieron. Lo que no ha variado en absoluto es el problema de fondo.

"Y, total, corrupción hay en todos lados", era el corolario del tema musical. El fin de los valores, el fin del respeto, el fin del orden, el fin de la honestidad. El fin de un sistema que prometía ser el gobierno del pueblo por el pueblo y para el pueblo, donde se defendía al justo y se castigaba al culpable, y donde toda la gente tiene derecho a ser próspera y feliz sin dañar el derecho del resto a lo mismo.

Una cachetada al descaro que no duele, que incomoda y en todo caso hace cosquillas. ¿Por qué? Porque "y con cinco lucas me compro un diputado [o su equivalente actual], un juez, un fiscal, un par de abogados; un arquitecto [o un ingeniero, o un economista o un ex militar], o en su defecto un novelista [en realidad, varios], un par de periodistas, un arzobispo, un cardenal [con sus hijos no la... perdón, no te metas], una virgen que llora y una virgen de verdad; y quizás a Fujimori [aunque el quizás se diluyó años después por un también]".

Perú es el país de todo-se-compra-todo-se-vende; sin embargo, creo que las bases que sostienen a nuestra nación no se han desmoronado aún porque no están hechas por quienes hacen política o nos hacen creer eso. La base, afortunadamente, sigue estando en ti y en mí, como población quiero decir.

Pero somos aún una base aletargada, somnolienta, casi perezosa, como que seguimos esperando al príncipe azul que nos despierte de un dulce sueño lleno de días R o cuentos como ése de que mamá baja el precio de la tienda por departamentos, o alucinando que el hada madrina nos tocará con su varita y asunto resuelto.

Somos una población que está regresando a la Edad Media, cuando el mundo se explicaba con mitos. ¡Sí! Quienes somos parte de la era de la información nos relajamos en el opio de la desinformación, y parece que queremos vivir drogados, parece que tenemos terror a despertar, intuimos que la realidad está peor que la peor película de terror que se pueda escribir.

Como las corporaciones y nuestra política folklórica ven que resiste, que aún resistimos, aún se siguen balanceando sobre nuestra torre derrumbada. Y que se quede así hasta que les supliquemos ayuda, y de ese modo nos puedan chantajear bajo la modalidad de obras-por-votos y su acicate de roba-pero-trabaja.
Esta crisis política creada por Lava Jato, Odebrecht, Camargo y Correa, OAS, como se llame, es algo que le toca resolver a la población -a ti y a mí- de modo coherente, inteligente y ordenado.

Es hora de llamar al electricista. Y ese electricista somos tú y yo. ¡Es hora de encender la luz!

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