¿Estamos incubando un futuro escenario Lava Jato?

Nelson Peñaherrera
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ERP/Nelson Peñaherrera Castillo. Lo reciente del caso Lava Jato (entiéndase corrupción generada por empresas brasileñas y locales con los gobiernos para favorecerse con obras públicas) en el que se ha involucrado al ex presidente Alejandro Toledo con una presunta coima de 11 millones de dólares no debería llevarnos a agarrarlo a mangazos -para éso están el Congreso y los operadores de justicia-, sino a preguntarnos si dentro de diez o veinte años vamos a tener los mismos problemas.

Yo pienso que sí, y mi preocupación se orienta a la generación de jóvenes entre 20 a 30 (y algo más) años de edad, quienes están metidos en todos lados y en ninguna parte a la vez, dentro de quienes hay ejemplos clarísimos de embriones políticos. Aunque infructuosamente lo ocultan o lo disimulan, para más de uno que no nos chupamos el dedo (que nos hagamos es otra cosa) son los perfiles de quienes pretenderán o lograrán gobernarnos en el mediano y largo plazo.

Ojo que no estoy demonizando las aspiraciones políticas. Todos y todas las tenemos al punto de ser parte de todo el paquete de derechos humanos que deben promoverse en cualquier democracia que se respeta. Mi objeción va a los chicos y las chicas que están canalizando sus aspiraciones mediante un cuadro de disonancia cognitiva aguda o apelando al asistencialismo compulsivo como método de captar bolsones de votantes; ni qué hablar de los caudillismos juveniles.

La disonancia cognitiva aguda (lo de aguda es mío) se refiere a quienes de la boca para fuera te niegan y reniegan que quieran llegar a un puesto de elección popular en el futuro pero que su subconsciente les traiciona un minuto sí y el otro también. Entonces, con un poquito de perspicacia, uno llega a darse cuenta que mientras más se esfuercen por negar lo evidente, más probable es que desde 2018 ya les veamos en las municipales o regionales. Algunos (me consta) han apoyado abiertamente candidaturas, no sé si por convicción o por chamba, pero lo hicieron. Insisto, eso no es malo, pero lo honesto sería reconocerlo sin ninguna palta.

Si los problemas de la política peruana se basan en la deshonestidad, y un chico o una chica comienza su carrera política con deshonestidad, entonces no sería desquiciado sospechar que la deshonestidad sea su manera de conducirse. Si tú quieres respaldar a alguien que actúa con deshonestidad, sufres de lo mismo; pero si realmente quieres que sea un ejemplo de honestidad, exprésaselo.

Entonces, primer consejo: si te pican los deditos o la boca por ser autoridad en el futuro, ¡dilo sin roche! eso sí, no te quejes del escrutinio público, que es a lo que se somete cualquier persona que entra a política, incluso cuando duerme.

Los y las asistencialistas basan su carrera política en cierto complejo mesiánico-paternomaternalista de que mis problemas y tus problemas solo se resolverán en la medida en que ellos y ellas nos pongan lo que necesitamos ya hechecito en nuestras manitas, descartando el esfuerzo que pudiera representar cuando corresponda. Mejor dicho, todo lo ven regalos para las personas más necesitadas, todo lo ven "dóname que tengo una campaña". Y así, a costo cero, van capitalizando una figura anclada en el clientelismo: mientras más dependas de mí, mejor para mí.

Ojo que les encanta usar la palabra solidaridad para maquillar este esquema, olvidando que la verdadera solidaridad no es dar para satisfacer necesidades, sino tener la capacidad de identificarnos con lo que le sucede al otro o la otra sin convertirnos en esa persona para ayudarle a gestionar sus soluciones, no para hacerle toda la tarea pues terminamos con bolsones de ciudadanía inútil y dependiente. Eso no es democracia. Ni a palos. Es cierto tipo de deshonestidad en la que se disfraza el interés individual como bien común.

Segundo consejo: Borra la palabra "gratis" de tu diccionario y haz que el resto la borre también. Lo que nos hace falta lo conseguimos con el sudor de nuestra frente y de todo nuestro cuerpo. Solo en la medida que consigamos metas, sí son válidas las compensaciones a manera de premios; pero ganarse todo sin mover un dedo o sin invertir algo, ¡nones!

Los caudillismos juveniles es un síndrome que hemos visto florecer en la última década (y me voy a ganar más enemigos por ésto, pero me llega), y que básicamente consiste en que un chico o una chica con cierto roce social, académico o ambos crea un grupo juvenil, seduce con una retórica muy bien estructurada (reconozcámoslo), integran a medio mundo, hacen mil y una obras sociales (lo que es positivo, ojo), pero pobre de aquel o aquella integrante que esté pensando en evolucionar dentro de la organización porque al toque el caudillo o la caudilla se lo baja en una. Y cuando ve que el hueso es duro de roer, lo expectora.

Si el expectorado o la expectorada padece de tanto narcicismo como de quien le convocó, replicará el modelo con otro grupo juvenil (clave: los nombres de los grupos se parecen demasiado).

En la versión mejorada, el caudillo o la caudilla lanza el discurso de que es tiempo de delegar, y efectivamente promueve que alguien le suceda o amplía su organigrama. De cara a la gente parecerá una renovación de cuadros, pero mirando con cuidado se notará que ese primer caudillo o esa primera caudilla es el poder oculto que sigue moviendo los hilos de su organización según sus fines personales.

Sí, otro problema de deshonestidad asociada a la manipulación. Por experiencia sé que no les puedes decir nada, porque piensan que les estás atacando, porque quieres apoderarte de su espacio (no, gracias), o porque deseas desaparecerles del paisaje (la verdad, sí). Entonces, te aplican unas dosis de histrionismo que serían la envidia de Alberto Ísola o Roberto Ángeles (and the Oscar goes to...), y ese es el otro signo de alarma, como me lo explicó una amiga psicóloga hace varios meses.

Tercer consejo: Cae de maduro (por cierto, Maduro es un ejemplo de lo que un caudillo juvenil puede llegar a ser en el futuro). Quien sufra de caudillismo debe buscar ayuda profesional urgente con alguien a quien no conozca, que no se la ponga fácil, que no le alabe y que sea capaz de reprogramar el cerebro bajo la consigna de que 'para hacerse el gobernante del resto se debe comenzar siendo su servidor'.

Subrayo que no está mal tener aspiraciones políticas; al contrario, es bueno. Lo malo es el medio y el fin.

Ahora bien, ¿saben qué es lo irónico de estos embriones políticos? Que quienes ya hemos avanzado algo en la vida fuimos quienes les programamos el ADN. Mejor dicho, su aparición es nuestra culpa.

¿Se puede corregir? Sí. ¿Cómo corregir? Dando un ejemplo basado en la transparencia, la inspiración y el desprendimiento genuinos. ¿Tenemos ganas de hacerlo? ejem, ahí está el punto crítico.

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