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Vie, May

Hablando con mamá, su riqueza y saber

Miguel Godos Curay
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ERP. Guardo en lo más profundo del corazón grandes sentimientos de afecto para mi madre. Siempre generosa, buena, entusiasta, memoriosa en todo momento. Un culto imprescindible a las bíblicas abuelas señoronas del fogón y los antojos. No olvido a la tía Eloisa que fue otra mamá incondicional con las delicias del tamal de pescado, la carne aliñada y los picantes. Mantengo frescos los recuerdos del cariño de mi mamá Pancha que me acogió y no sería lo que soy por su bondad infinita en mi formación universitaria.

Por Lic. Miguel Godos Curay

Tengo un hato de recuerdos siempre imprescindibles de los fogones de la sierra de Santo Domingo de Morropón. No olvido a la abuela Marga con sus sarmentosas manos leyendo el tarot a los curiosos jinetes de los altos en caballos y machos enjaezados en fina plata. Las espadas escondidas en las alforjas y los sombreros dejando a la luz del día la rubicunda piel indemne por el frío de la cordillera.

De mis tiempos de maestro rural permanecen en el recuerdo innumerables historias de ternura insuperables. Hoy muchas madres ausentes, habitan los recuerdos. Una abuela ciega de ojos verdes que luchaba con asta en mano contra aves siniestras que querían arrancarle los ojos. Con José Sabogal Wiesse, hijo del pintor indigenista estuvimos en el taller de doña Quirina una alfarera experta en tiestos y ollas de cerámica hechas en casa. No Olvido a Doña Angélica dueña de una zarca mirada con su memorable sazón en la calle Comercio. Mi devoción al café encontró ahí un rincón apacible. Madres con historias de novela. Doña Margarita Paz, comerciante de tintes textiles por onzas y puñados; para comodidad de su tarea se limpiaba las manos en su enhiesta cabellera blanca tiñéndola de azul, violeta y bermellón. Su testa lucía con mayor esplendor que los arrumacos del teñido juvenil contemporáneo. Aún recuerdo que tras representar en el desfile escolar la memorable montonera de los Chalacos la abuela generosa entregó media libra para los participantes.

No olvido a doña Julia López, a doña Elodia, a la maestra Hilfaria, madres de carne y hueso forjadoras de sueños. Siempre generosas, altruistas y buenas. Su vida siempre fue un recado al corazón. Alguna vez una de estas abuelas. Me pidió que le leyera una carta trajinada de su hijo enviada desde tierras lejanas y lo hice con solicitud y apremio. Algunos párrafos llenos de ternura tenían que ser repetidos varias veces a pedido de parte. Al contemplar un hilo de lágrimas corriendo por los pliegues del arrugado rostro me llené de ese sagrado silencio del que se nutren los sentimientos más puros.

Encontré a doña Julia López en las redes sociales. La recuerdo por su plena identidad con el Colegio San Juan. Ahí empecé en plena juventud, culminados los estudios universitarios, como maestro. Fueron cinco años de aprendizaje con los pies en la tierra de realidad peruana. Conocí a Carlos Quiroz Padilla conversador ameno, con su guitarra y sus aires andinos me nutrió de esperanza. Yaravíes, cumananas, notas de poetas y bohemios cuesta arriba entonando y torciendo como cabuyas sus sentimientos: “…..si me quitan lo que es mío me arrancan el corazón…”

¿Tantos recuerdos convoca mamá? Doña Tomasita, mi comadre y madre del padre Ubaldo Ramos Cisneros, me dejó sin aliento cuando me dijo que había cambiado la vida a su hijo. En efecto, un gran amigo hijo de don Paco Ramos maestro de plena identidad con la palabra. Don Paco, recitaba dando vigor a las palabras. Nos hizo sentir a Antonio Torres Heredia hijo y nieto de camborios en su recital conmoviendo al silencio. Memorable Lorca en Piura. Lo siento, lo escucho en sus ruegos en las horas de apremio. Pero ahí andamos con el viejo decir de mi padre que repetía en cada encuentro “las personas no valen por lo que tienen sino por lo que saben” y nos quedamos cortos.

Nos acompaña en el filo de esta noche la crónica inquieta como el copo de lana de oveja que se hace hilo en el huso diestro de las madres campesinas tan invisibles en la ciudad. Igual sucede con las viejas pescadoras de La Punta con sus canastas y sus fuentes de mate con pescado fresco cortado con primor en el hoy desaparecido mercadillo del Zanjón en la Paita de ayer. Este Perú congregado en el día de las madres no deja de ser una ofrenda de cariño convertido en rosas rojas y blancas sobre el pecho de los niños.

En estos detalles de afectos sorprendentes nos quedamos sin aliento frente a los cantones ecuatorianos en donde el primer monumento público está dedicado a las madres. Los entorchados pasan a un segundo plano. El homenaje a las madres es una ofrenda visible. En el Perú no pasan de cinco o seis los monumentos a la madre. Contamos el de Caraz (Áncash), uno de los primeros erigidos en el país (1966), el de Lima, del escultor Rafael Castillo Rodríguez en el Campo de Marte (1969). Otros son el de doña Juana Alarco de Dammert, benefactora de la niñez, en el Parque Neptuno y el de Víctor Delfín en la Biblioteca Municipal de Piura.

En los villorrios de Cusco, Huancayo y Arequipa son impresionantes las fervorosas tallas coloniales de la madre de Dios. María es símbolo perenne de la devoción popular. Nuestras madres andinas tienen vínculos indesligables con la tierra. La tierra es femenina, fecunda, nutritiva frente al trato irresponsable de sus habitantes. Talamos los árboles por antojo, destruimos todas las formas de vida sin pensar en los que vienen. La madre tierra sufre con desolación ese agravio criminal. Nuestro homenaje a todas las madres, en especial, a los que nutren de esperanza las aspiraciones de sus hijos que se forman en las aulas universitarias.

Nuestro ruego por las madres peruanas olvidadas por los arrebatos legislativos y la indignidad artera de los políticos. Nuestro homenaje a la madre que se esfuerza con incondicional entrega. Aquella que cocina, lava, plancha y ayuda a sus críos a resolver las tareas escolares pero que al responder a la encuestadora del INEI dice “yo no trabajo mi esposo es el que trabaja”. Y no es así. Los cimientos del país se estremecen por la injusticia en todas sus formas. Bien dice Manuel Acosta Ojeda: “Madre, esas arrugas se formaron pensando ¿Dónde estará mi hijo, por qué no llegará? Y por más que las bese no las podré borrar”. Mi homenaje a ti mamá.

Diario El Regional de Piura
 

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