ERP. ¿Es Roberto Sánchez Palomino un promotor del terrorismo? La respuesta es no. El terrorismo fue una práctica criminal que el Perú derrotó luego de una lucha dolorosa y sangrienta que dejó miles de víctimas, heridas profundas y una memoria colectiva que jamás debe relativizarse. Asociar automáticamente a cualquier candidatura de izquierda con el terrorismo constituye una simplificación peligrosa y una estrategia política basada más en el miedo que en el análisis serio de las propuestas.
Constatamos un momento de definición electoral con expectativas o de consolidación de un régimen espurio y frágil u otro con expectativa de poco cambio, porque todo el sistema está maniatado. Keiko Fujimori, si gana las elecciones tiene todo para convertirse en un ser político inquebrantable; pero si pierde todas las posibilidades de seguir decidiendo desde el Senado y con una orden suya, desde cualquier entidad centralizada por el “pacto congresal”
En toda democracia moderna existen debates ideológicos intensos. Las propuestas de izquierda generan confrontación con sectores liberales o conservadores en cualquier parte del mundo. Ocurrió en España, donde Pablo Iglesias fue constantemente vinculado con el régimen de Nicolás Maduro en Venezuela; y ocurre hoy en el Perú, donde el intento de amedrentar al electorado vuelve a recurrir a los mismos fantasmas del pasado. La fórmula parece repetirse: si un candidato plantea reformas sociales, cuestionamientos al modelo económico o cambios constitucionales, inmediatamente es colocado bajo sospecha de autoritarismo o violencia.
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Sin embargo, el mundo cambió hace décadas. Los viejos paradigmas ideológicos que cayeron junto al Muro de Berlín siguen siendo utilizados como herramienta de propaganda política, aun cuando las izquierdas y derechas contemporáneas han evolucionado. Hoy, la mayoría de fuerzas democráticas —sean conservadoras o progresistas— aceptan la alternancia en el poder, defienden los derechos humanos y entienden que el rol del Estado ya no responde a los esquemas rígidos del siglo XX. Las diferencias existen, pero se procesan dentro de la democracia y no fuera de ella.
En el Perú, el problema parece ser otro. Mientras se insiste en sembrar miedo con un supuesto retorno del terrorismo —escenario improbable y negado por la realidad histórica y política—, poco se discute sobre la concentración real del poder. Desde hace años, el país vive una distorsión institucional donde sectores de derecha operan desde el Congreso de la República como un poder de facto. Han copado instituciones, alterado las reglas democráticas y modificado la Constitución para restringir derechos ciudadanos, como ocurrió con el debilitamiento del referéndum.
En paralelo, el país ha tenido presidentes cada vez más debilitados, convertidos en figuras decorativas o “hologramas” políticos, mientras el verdadero poder se ejerce desde otras esferas. La nueva estructura congresal, con un Senado fortalecido y una legislación electoral cuestionada, amenaza además con dejar sin representación efectiva a millones de peruanos y peruanas. La fragmentación del voto favorece a grupos organizados que terminan ocupando espacios públicos sin representar necesariamente a las grandes mayorías nacionales.
Si de riesgos democráticos se trata, muchos consideran que estos deben analizarse también desde el rol que ha jugado Keiko Fujimori en la política peruana desde el 2016. Para amplios sectores, el fujimorismo ha sido un factor central de la inestabilidad política, de la confrontación permanente y del control de instituciones clave del Estado. Las dudas sobre la independencia del sistema judicial y el cierre de procesos emblemáticos siguen alimentando cuestionamientos legítimos en una parte importante de la ciudadanía.
El Perú necesita cambiar este andamiaje político. Pero hacerlo requiere liderazgo, compromiso democrático y una visión de país que garantice igualdad de derechos para todos, sin distinción de territorios, origen social, raza, creencias o cualquier otra diversidad que forma parte de nuestra realidad nacional. La democracia no puede seguir reducida a campañas de miedo ni a discursos de exclusión.
En suma, no creemos en la ecuación “Roberto Sánchez igual terrorismo”, porque simplemente no corresponde con la realidad. En el Perú y en el mundo, pretender que cualquier propuesta de cambio desemboca necesariamente en autoritarismo es desconocer la evolución de las sociedades democráticas. La historia demuestra más bien lo contrario: cuanto más democrática, inclusiva y plural es una sociedad, mejores posibilidades tiene de construir estabilidad, justicia y futuro.

