Elecciones 1450... después de Cristo

Nelson Peñaherrera
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Por: Nelson Peñaherrera Castillo. Sí. Esperar en la cola. ¿Aburrido? ¿Aburrida? Ni modo, es tu deber ciudadano; aunque tú sabes que yo creo que más que deber, es tu derecho, una de las cosas lindas que nos trae la democracia. Pero claro, incluso las cosas lindas implican sacrificio, así que pensando en que quizás te levantes tarde y encuentres que la cola está alguito larga, VAMOS A HACER ALGUITO distinto que lo usual. ¿Qué tal un ejercicio de meditación? ¡Ohmmmmmm! Bueno, algo así.

No te pediré que cierres los ojos porque puede que te duermas o que te empujen tratando de avanzar, ENTONCES intentaremos imaginar con los ojos abiertos. 

¿Con qué podemos activar tu imaginación? ¡Ah, sí! ¿Qué te parece si imaginamos que nuestra tradición electoral peruana pudiera ser tan antigua como el Tahuantinsuyo? ¿Te imaginas que los incas y curacas hubieran sido cargos de elección popular? ¡Alucina las campañas! Pero antes que éso, alucina el sistema electoral incaico.

Para comenzar, una vez que hayas aprobado el huarachico, la ceremonia por la que se te reconocía tu mayoría de edad y que consistía en una dura prueba en la que podrías salir con los brazos adoloridos o convertido en chicharrón humano (literal), que te toca presentarte ante el REIEC; sí REIEC, no RENIEC. El REIEC sería el Registro Imperial de Identificación y Estado Civil. El problema es que, conforme a la estructura social por estamentos que regía entonces, solo podrían registrarse los hatunrunas y mitimaes; los yanacconas no contarían para nada porque -no nos hagamos- ellos eran al Incanato lo que la comunidad negra a la Colonia. Sigamos.

Como en ese entonces no conocíamos el papel, menos la mica, menos la impresión tornasolada, peor la escritura, que te daban tu linda pulserita artísticamente tejida en la que un color es tu nombre, otro el de tu ayllu, y otro el de tu suyo. Y toda esa combinación cromática generaría una suerte de identificación mnemotécnica, como los actuales números de DNI.

Y bueno, con tu PII (Pulsera Imperial de Identificación) podías acceder a tu topo o tu medio topo, y ser incluído o incluída en las mingas y chacos. Además, con tu PII, fácil que podías ganarte pasajes con estadía pagada a la ceremonia del Inti-Raymi en el propio Sacsayhuamán con el inca en persona, y no los actores de la actualidad. Claro que a la llama de turno, la idea no le habría gustado nadita.

Cuando llegara el periodo electoral, quizás no habría la veintena de partidos que ahora tenemos. A lo mucho tres o cuatro opciones máximo, a saber: la papa, la mashua, la kiwicha y el jaguar. el inti o la killa no serían símbolos admitidos por ser sagrados. Ya sabes, movimientos como #conlasguaguasnotemetas habrían puesto el grito al Apu Kontiki Wiracocha, y agárrate.

Las campañas no se habrían hecho con mototaxis y altoparlantes estridentes, sino a lomo de llama y a ritmo de quena, pututo, caja y pinkullo. Bueno, al menos hubieran sonado mucho más bonitas al oído, aunque los pobres ejecutantes se hubieran quedado sin aire para soplar como a las cinco horas de caravana, o quién sabe. Chapa tu coca, mejor (chacchado unido, jamás será vencido).

¿Y cuál habría sido la promesa electoral básica? No sé. Más allá del ama ssúa, ama quella y ama llulla, lo de siempre: mantenimiento de andenes, pavimentación (con piedras) de algún tramo del Camino Inca, construcción de nuevos tambos, programas de canalización de agua, leyes de protección para auquénidos y viringos, promoción de la ruta del mullu, ampliación de las relaciones con los pueblos mesoamericanos y polinesios. O sea, opciones para planes de gobierno sí habían.

Alucina el debate organizado por el Centro Federado de Chasquis en alianza con el Willac-Umo local, y como panelistas uno que otro amauta y prospectos de amauta. Cada candidato tendría algo así como cinco minutos controlados con intihuatana para lanzar todo su rollo. Ah, el escenario sería la explanada más cercana a la huaca de cada comarca.

Y llegó el día de la elección. El proceso estaría organizado por la OIPE (La Oficina Imperial de Procesos Electorales) y sancionada por el JIE (Jurado Imperial de Elecciones).

Una vez que el REIEC cerrara el padrón, vendría el sorteo de los miembros de mesa y toda la nota. Entonces, ese domingo te levantabas tempranito, chapabas tu camino real más cercano y te ibas a tu yachayhuasi portando solamente tu PII. Anacos o ponchos con colores que sugirieran preferencias por alguna de las campañas serían prohibidos. Y por supuesto, ley seca: 24 horas antes y 24 horas después del inicio electoral, cero bebidas alcohólicas comenzando por la chicha.

Una vez que la guardia imperial verificara que estabas en el yachayhuasi correcto, te hacían entrar de uno en uno y a formar cola esperando tu turno. Allí adentro, observadores de la OEAND (Organización de Estados de la América Aún No Descubierta) y los de Transparencia (en pulcro anaco celeste) estarían verificando la ausencia de irregularidades. Y como siempre, por ahí el tukuy-rikuy bien solapa, esperando que algo no marchara derechito para mostrar sus hilos de identificación, y que el apu te proteja. Ni Contraloría era tan efectiva.

Por cierto, te llamaría la atención el acento maya o taíno de los observadores de la OEAND.

Cuando te tocara el turno para votar, ibas y te sacabas tu PII y se lo entregabas al yachac de la mesa, mientras que el secretario te hacía reconocimiento facial como el de esos tiempos: purita memoria visual ("ah, sí, éste sí es el Rumiñahui que vive tres chacras más allá") -recuerda, no existía el papel ni la foto-, y te entregaba una bolsita de tela con piedritas o granitos de diferentes colores. Tirabas los que no eran de tu preferencia, guardabas el que sí en la bolsita, regresabas a la mesa y, ¡listo!, voto secreto al estilo incaico. Depositabas la bolsita en el aríbalo electoral, ponías tu dedo en una solución de tintes vegetales indelebles traídos del Antisuyo, te regresaban tu PII con una pita extra como constancia de sufragio, y listo.

A la salida del local, siempre te cruzabas con la encuestadora de CTI (Centro Tahuantinsuyeño de Investigación de Mercados) o Chaca (en esa época no había Apoyo), que te preguntaba por tu preferencia. Tú respondías entre que se te oye y no se te oye, y la encuestadora lo registraba todo en su quipu.

Al final del plazo, por la tarde, el chasqui llegaba casi sin aliento gritando los primeros resultados a boca de aríbalo, y con margen de error de un nudito arriba o abajo. Luego venía el conteo rrápido de la OIPE, y luego esperar a que el JIE, varios quipus impugnados después, declarara al ganador. Ah, y como siempre, la cobertura del caso a travésde El Imperial de Piura (alucina A Andrés Vera con su ropa de chasqui).

Y, de veras, ¿quién ganó? Pues....

"¡Oiga, pues, avance la cola! ¡No se retrase!"

Qué mal. Ni modo, regresemos a la cruda realidad actual, y a votar con ciencia y conciencia. ¡Y que viva la democracia!

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