La desconfianza no es gratuita

Fernando Rodríguez Patrón
Typography

ERP/Fernando Rodríguez Patrón. Uno de los pilares sobre los cuales se sostienen los regímenes democráticos, lo constituye la confianza que la ciudadanía debe tener en sus instituciones, en especial aquellas que constituyen los vértices sobre los cuales ésta se articula, nos referimos a los partidos políticos como al Congreso y por extensión, a los Movimientos Regionales y a las Gobernaciones Regionales.

Esta piedra angular se sostiene además en la relación directamente proporcional que existe entre la confianza ciudadana y la calidad de la democracia. A mayor confianza ciudadana en sus instituciones, mayor será la calidad democrática, lo que a su vez redundará en un bien superior y ansiado que es la gobernabilidad.

Pero cuando el hilo conductor se tuerce, cuando las cosas cambian de rumbo y la confianza se pierde, aparecen los tiempos de crisis, en el Congreso, en las Regiones, en los Municipios. Veamos los ejemplos de la crisis institucional que envuelve a los gobiernos regionales de Tumbes o Ancash ¿Confiará la población de aquellos departamentos en sus autoridades? Creemos que no, ¿Algún partido político ha tomado la batuta y canalizado los intereses insatisfechos de la ciudadanía en esos departamentos? Tampoco.

En este orden de ideas, el Diario Gestión publicó recientemente una encuesta llevada a cabo por Pulso Digital, en la cual los ciudadanos manifestaron su escasa confianza en los partidos políticos como en los parlamentarios. Seamos sinceros, los resultados negativos no nos sorprenden, pues únicamente se puso números a una realidad ya conocida, sin embargo, lo que sí sorprende es la bajísima aprobación que tienen.

Y es que los números son duros. En lo que a partidos políticos se refiere, únicamente el 3% de los encuestados manifestaron confiar mucho en los partidos políticos, un 63% expresó no confiar nada en estos, un 20% manifestó “confiar poco” y el 6% restante no opinó. En la misma línea negativa se ubicaron los parlamentarios, pues el 87% de los encuestados manifestaron no sentirse representados por los congresistas pese a que, paradójicamente, nuestra Constitución establece que los congresistas representan a la Nación (art. 93°).

Una vez más la relación indisoluble partidos – congresistas no da buenos frutos. Los poco confiables partidos políticos son responsables de haber llevado a los poco representativos congresistas al Parlamento, y los poco representativos congresistas abonan constantemente al descrédito de quienes les permitieron obtener una curul.

¿Cómo se origina esta crisis? La desconfianza no es gratuita y son muchas las razones que la motivan, y entre ellas, la falta de identificación de la ciudadanía frente a los partidos juega un rol predominante, la cual se traslada luego a los parlamentarios. Y esta falta de identificación como ya dijimos no es gratuita. Los partidos se comportan solo como maquinarias electorales que surgen como setas en los procesos electorales y desaparecen una vez concluidos éstos. Y esto por un deficiente sistema legal que permite a los partidos poder vivir sin necesidad de contar con sus afiliados, (en caso los tengan). Efectivamente, los partidos no requieren de afiliados, solo requieren de votantes. Los partidos tampoco necesitan cuadros orgánicos que luego se deberían transformarse en candidatos, las candidaturas se subastan o regalan ya que la democracia interna no existe.

No obstante, afirmar que la crisis se origina sólo en la falta de identificación o representación, no es totalmente exacto, pues existen otras aristas, por ejemplo, la invisibilidad partidista cuya connotación más contrastable es la nula presencia de los partidos políticos a lo largo de nuestra geografía.

Pero a su vez esta invisibilidad es solo la punta del iceberg. Existen deficiencias de mayor envergadura, por ejemplo, el caudillismo, los partidos vientres de alquiler, la ley de hierro de las cúpulas, las normas estatutarias que permiten la eternización en el poder del caudillo, la ausencia de ideologías, la falta de cuadros dirigenciales, el cómplice silencio partidista frente a los principales temas de coyuntura nacional, la manipulación de padrones, la falta de orientación hacia la ciudadanía y sus problemas diarios, etc.

Para pintar con colores más alegres en este sombrío panorama y recuperar la confianza perdida, creemos que el futuro de los partidos dependerá de la forma en que éstos se modernicen y en especial, sobre la manera como establezcan la reconstrucción de los mecanismos de relación y vinculación con los ciudadanos. Solo cuando los partidos adviertan esta necesidad ciudadana insatisfecha y orienten sus esfuerzos a eliminar la brecha, percibiremos las primeras señales que permitan vislumbrar el ansiado cambio.