En las tripas de la ballena

Miguel Arturo Seminario Ojeda
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Por: Miguel Arturo Seminario Ojeda. Hay ballenas famosas que se han llevado a las novelas, y quizá la más conocida es Moby Dick, de Herman Melville, cuya lectura era casi obligada en los años de la infancia, a las ballenas las encontramos con ilustraciones pintorescas, e incluso la ballena de Jonás, llena un capítulo de un libro de la Biblia, quedándose en la memoria colectiva.

La ballena pertenece al orden de los mamíferos cetáceos, y últimamente se les considera como atractivos turísticos, en lugares donde su aparición periódica llama la atención, y se les espera a veces con cierta desesperación. La ballena suele atemorizar a los niños cuando empiezan a enterarse que existe, pero quizá el temor era mayor cuando, cuando no había televisión.

Hoy los niños tienen oportunidad de mirar a las ballenas por televisión, desde que son pequeños, el cine y la televisión no les dejan andar en lo desconocido, videos, y toda clase de soportes de la información, trasladan a los niños hasta el escenario del mismo hábitat de la ballena, y los hacen acercarse a los temibles mamíferos, que más de una vez hicieron despelucarse los pelos del cuerpo a cualquiera.

En 1925, mi abuela materna recibió la propuesta para viajar a España, lejos estábamos del mundo de los aviones trasatlánticos, la travesía se haría en barco, en esos vapores que saliendo de Paita, pasaban por Panamá y llegaban al viejo mundo después de un sinfín de días, en el que agua y cielo era el mayor espectáculo para los viajeros; se estaba bien lejos de los días, en que se creyó que el mar terminaba en tremendos precipicios, donde acabababan los barcos, a los que devoraban enormes monstruos marinos.

ballena

Foto: Internet.

Sin embargo, mi abuela venció los temores, y estaba ya casi lista para embarcarse, cuando una de sus tías abuelas la desanimó, al decirle, que si se moría en altamar, en pleno viaje, a más de privarse de un funeral con rezos de 9 días, y sánguches y reparto de café, seguramente la tirarían al mar y acabaría en la panza de una ballena, y mucho más fuerte fue el susto, cuando la tía Carmela repitió a su sobrina, que si le tocaba ser víctima de una catalepsia, viva terminaría dentro de la ballena.

Mi abuela entró en pánico, y ni porque le recordaban que los pasajes ya estaban comprados, pudieron hacer que se anime y tome el ferrocarril para Paita, y se embarque junto con el matrimonio español avecindado en Sullana. La tía Carmela le recordaba a cada rato, que no quería saberla dentro de la panza de la ballena, sino, bien enterradita, aunque sea en los arenales de la loma de Mambré.

Al parecer la tía Carmela tenía un lenguaje convincente, porque mi abuela, de solo imaginarse en el interior del abdomen del cetáceo, empezó a tener pesadillas, soñaba dando de golpes a las paredes internas de los intestinos de la ballena, y que como si fuesen llaves de 7 cerrojos, no podía escaparse, salvo que a la ballena, se le ocurriese arrojar lo que tiene que eliminarse desde el final del aparato digestivo; en resumidas cuentas, como me contó en 1971, no viajó.

Estábamos en 1984, en Lima, en casa de una de las hijas de mi abuela, cuando la hice repetir la historia, ganada por la emoción, mi tía le repetía, “hubieses ido madrecita, porque te desanimaste, no te iba a pasar nada en el barco” no te ibas a morir, mi tía repetía esto, porque era la primera vez que se enteraba del potencial viaje de su mamá, viaje del que nunca había escuchado hablar.

Mi abuela escuchaba paciente la insistencia de su negativa del viaje, hasta que no pudo más, y le dijo, pronunciando una interjección norteña, que tu estarás imaginando estimado lector, pero que no escribo, no por cucufatería, sino por respeto: ¡cómo no eras tú la que iba a terminar en las tripas de la ballena”!!!. A mi tía se le escarapeló el cuerpo, porque la respuesta de su madre, tuvo el mismo poder que cuando hablaba la tía Carmela, y entró en susto, solo de imaginarse en las tripas de la ballena.