"Despedirme no quisiera porque no encuentro manera"

Nelson Peñaherrera
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ERP/Nelson Peñaherrera Castillo. Dicen que mi tía Georgina respiró aliviada cuando mi primo Armando llegó a la puerta de su casa en Chimbote tras casi cuatro años fuera. No es que se le olvidara visitarla; es que no podía y no lo dejaban. Poco le importó a la mujer ver que su hijo estaba evidentemente demasiado flaco. Eso no importó. Él ya estaba a salvo en casa, y el resto sobraba.

Ilusionado con hacer una mejor vida en una Venezuela que, a pesar de las sospechas, parecía seguir estable, Armando fue para allá. A pesar que en las calles de las principales ciudades una oposición le gritaba al mundo que el país era una dictadura, él, seguro en un empleo obtenido en una planta de industrias alimentarias, se consideraba lejano, casi inmune al asunto.

Entonces, las cosas comenzaron a escasear y los funcionarios bolivarianos comenzaron a racionar lo que cada persona tenía 'derecho' a consumir para hacer una vida más o menos normal. Encima, el salario se volvió un estándar, 40 dólares; el resto sería proporcionado por el estado.

Supo del mercado negro en el que se podía incrementar la canasta doméstica pero a precios exorbitantes. Entonces recordó que, cuando niño, en su país natal corrían historias de gente que tenía que hacer cola para todo porque la especulación y la inflación se hacían incontrolables a diario, mientras un presidente electo por voto popular comenzaba a hiperhincharse en ego.

El sueño tornóse en pesadilla y las opciones eran conformarse o salir.

Al llegar a la frontera del estado venezolano del Zulia con el departamento colombiano de Norte de Santander descubrió que no podía salir: la guardia bolivariana venezolana tenía órdenes de que nadie venía y nadie se iba. Pero él quería irse.

Se enteró que había una forma no de irse sino de escapar... y se aferró de ella.

Al estilo de los 'coyotes' en la frontera México-estadounidense, un fulano llevó a varios por unos matorrales y tras pedirles un cupo los hizo cruzar hasta un paraje a las afueras de Cúcuta. Tocar el lado opuesto fue una epifanía. Seis días después, Armando tocaba la puerta de su casa en Chimbote.

Hace semanas que he querido escribir sobre la crisis venezolana que no solo afecta a la gente nacida allá sino a los miles de inmigrantes que llegaron con la ilusión de una mejor vida. Nunca supe cómo abordar el tema; incluso me sugirieron otro pero siento que es el momento, especialmente ahora que esa crisis se está exportando de forma tan o más eficiente que el petróleo del lago de Maracaibo o el delta del Orinoco.

Para quienes hemos sido migrantes por elección, y sabemos lo que significa empezar de cero lejos de casa, este tema del éxodo venezolano, tanto de sus nacionales como de los extranjeros afincados allá, nos toca mucho porque pudo ser nuestra situación.

Es por éso que me siento muy conectado y solidarizado con los hombres y las mujeres de Venezuela que tuvieron que escapar y buscar un sitio dónde ponerse a salvo como el Perú, y ahora se han incorporado como parte de nuestras vidas y hasta nuestra cultura.

Leí que hay algunos infelices que están usando las redes sociales para expresarse xenofóbicamente de ellos, como si el propio Perú hubiera estado fuera de los flujos migratorios que conforman la sociedad en la que vivimos. Pero eso son, infelices que no saben procesar sus traumas psiquiátricos y atacan todo lo que les resulte diferente. Los compadezco.

Mucho más allá de eso, pienso de nuevo en esos refugiados y refugiadas, muchos y muchas de quienes deben haberse separado de sus familias solo por el megalómano, egocéntrico afán de imponer un sistema de gobierno que se sostiene en lo que critica: privilegios para los amigos, sufrimiento para el resto... la muerte para quienes no se conforman y desean el regreso a la democracia.

Pienso en que, un día como hoy, habrá madres que no podrán abrazar a sus hijos e hijas, y viceversa, por la tiranía de una dictadura.

Pero pienso también en la capacidad de una tierra como la nuestra, con esa empatía de la que hicimos gala con nuestra propia paisanada cuando el peor desastre parecía arreciar.

Pienso en nuestra sonrisa zalamera y acogedora, nuestra humildad capaz de hacer que un lugar para tres sea para cuatro, de no chequear el pasaporte porque se entiende que (además del idioma) el ser humanos nos provee hermandad.

Tengo fe en que las cosas mejorarán y que, sea donde esos refugiados hagan su vida (y a quienes me daría mucho gusto conocer) se reencuentren con sus madres, esposas, hermanas, hijas, sobrinas, vecinas, amigas y puedan estrecharlas en un abrazo inolvidable y conmovedor diciéndoles: ¡Feliz día, vale!

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