Omisos a pasar pensión, pegalones, toqueteadores y violadores

Nelson Peñaherrera
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ERP/Nelson Peñaherrera Castillo. Revisando los 'feeds' que envía la Policía Nacional del Perú a la prensa informando sobre sus operativos, me llama mucho la atención que, por lo menos en Talara, Sullana y Tambogrande, los detenidos recurren o en omisión a la asistencia familiar (léase pasar pensión) y en agredir físicamente a su pareja, sea ésta esposa o conviviente; además, por ahí hay uno que otro caso de hombres adultos que ejercieron algún tipo de violencia sexual contra niñas.

Hay otro patrón que encuentro al revisar las notas: los omisos a la asistencia familiar parecen concentrarse entre los 30 y los 40 años de edad, los pegalones entre los 20 y los 40, y la relación de edad entre agresores sexuales y víctimas siempre es de tres a uno. Por lo menos, durante la semana que pasó ésa es la tendencia, y no descarta que pudieran existir agresores de edades diferentes; en todo caso que la fuerza pública confirme, amplíe o descarte mi análisis.

La tercera cosa que me llama la atención es que en todas las notas de todos los días siempre hay uno de estos casos, mayormente los requisitoriados por omisión a la asistencia familiar. Y el cuarto detalle es que, contra la opinión general, todos los pegalones no estaban borrachos sino iracundos. O sea, no podrán alegar que se me pasaron las copas, por eso la golpeé, o la clásica de estaba tan borracho que no sabía lo que hacía.

Este detalle en particular nos dice que los varones, o nos alteramos por las puras alverjas, lo que significa una condición de salud mental muy grave, o somos tan cobardes al no manejar la frustración que nos causan los sinsabores de la vida que nos desquitamos con quien creemos que es la parte delgada de la soga: una mujer.

El hecho que tengamos a diario capturas de quienes no quieren pagar la pensión de sus hijos e hijas, que tratan de tener la última deliberación a golpes y gritos, o que decidieron 'poseer' el cuerpo de la otra persona por la fuerza, nos revela que el combate a la violencia basada en género (y en particular la violencia contra niñas y mujeres) es un tema pendiente que sigue requiriendo nuestra atención diaria, las 24 horas, no solo los 14 de febrero y para salir en la selfie.

Estos años han sido para mí un proceso de aprendizaje sobre el tema de violencia basada en género en el que tengo que agradecer a tanta gente con la que hemos combatido y seguimos combatiendo esa lacra (aunque a un amigo le disgusta que use esa palabra), al punto que nos juntamos en línea un día sí y otro también para seguir haciendo bulla no solo sobre casos puntuales con víctimas a proteger, sino iniciativas sistemáticas destinadas a perpetuar las relaciones de poder para que la violencia quede impune y sea inmune, y para encubrir esquemas delincuenciales supranacionales que recién ahora la justicia es capaz de probar en los tribunales y por los que sus perpetradores y perpetradoras tendrán que pagar (a pesar que se esfuercen en maquillarlo todo dentro de un proceso de ataque religioso).

La violencia nos rodea, y depende de cada quien que se nos impregne. Lamento mucho que algunos ya hayan perdido esa batalla, pero aún tienen tiempo de curarse si realmente quieren curarse. Y quienes nos hemos curado, seguimos bregando para prevenir que regrese y que se siga inoculando en la mente y el corazón de más personas.

Aunque seamos soldados desconocidos, tenemos que derrotar a ese gran monstruo si luego queremos cercenar a otros que nos están quitando la esperanza, la confianza, los ideales y el sueño de un futuro en el que varones y mujeres nos tomemos de la mano, sin discriminación de ningún tipo, para construir un mundo mejor.

Mientras tanto, felicitaciones a la Policía Nacional por la efectividad, aunque éso genere un sentimiento encontrado: ¿cómo nos sanamos contra la violencia?

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